Relatos 65 14/08/2021

Cristales rotos.

Me parece que todos llevamos escondidas entre los pliegues de nuestra mente algunas pequeñas cosas de esas que preferimos que se mantengan en la zona oscura. No es que se trate de grandes hechos o pensamientos, generalmente suele tratarse de cosas banales.

Él no es diferente, su pequeño secreto es que cada semana se juega una cantidad mínima a una lotería que promete jugosos premios, y le dedica unos minutos cada semana a pensar que hará con el premio cuando la suerte le sonría.

Hace mucho tiempo que dejó de hacer planes, sabe que sistemáticamente todos se frustran, un hecho que asume con espíritu olímpico, por otra parte parece haber llegado a una especie de pacto con el azar, tú me dejas tranquilo y yo me encargo de buscar las oportunidades. Naturalmente el azar volvió a tirar los dados, y aunque solo fuese por fastidiarle los planes o llevarle la contraria, ganó hace unos meses un sustancioso premio. Todo lo que había pensado durante años se desmoronó. Repartió la mayor parte del premio entre familiares y amigos, se quedó una parte para satisfacer las dos únicas cosas que llevaba anhelando toda la vida, esos lujos suntuarios con lo que llevaba soñando toda la vida. Una parcela en la que construir una vivienda con todo tipo de comodidades y un coche deportivo.

No tardó mucho en darse cuenta de que no necesitaba una gran casa si no tenía con quien compartirla, respecto al coche ¿para qué? ya no podía viajar, ¿a dónde ir? así que se limitó a cambiar su viejo coche por un modelo parecido, hibrido por supuesto, hay que estar con los tiempos.

Ahora está sentado en la terraza de su apartamento. Es un pequeño apartamento, casi humilde, el único lujo es que está situado en la última planta del edificio y que el dormitorio está abierto a la terraza, pequeña, un par de butacas y una mesa, suficiente. Las vistas se extienden hasta el campo circundante, por las noches se ven con claridad las luces de algún pueblo cercano. La contaminación lumínica le afecta poco así que puede disfrutar de los cielos estrellados de estas noches de verano.

En la mesa, justo a su lado está el libro que acaba de leer. Hay una frase que se le ha quedado grabada “el centelleo helado de las estrellas, como cristales rotos sobre seda negra”. Apura la copa de licor y mira hacia el cielo, miles de pequeños cristales le hacen guiños. Siente que algo se aferra a su zona lumbar, juraría que ha sentido correr una gota de sudor por la columna vertebral. Cierra los ojos y mansamente se derraman unas lágrimas, ha vuelto a hacerlo, ha vuelto a pensar en ella. Debe ser por la hora pero la primera imagen que ha tenido ha sido la de ella en los brazos de él, abrazada a él, durmiendo a su lado. No quiere, se niega a repetir su nombre, de alguna forma ha llegado a odiarle. Le envidia y le detesta, nunca le consideró digno para ella, pero es él el que ahora mismo, en este momento duerme a su lado, quién sabe si después de hacer el amor.

La dentellada seca en la nuca hace que se confunda, piensa que tal vez sean celos, pero no, con esta fuerza solo muerde la nostalgia, la tristeza más profunda, la desesperanza más absoluta.

Abre los ojos, se sirve otra copa de licor, ya sin hielo, bebe de un trago, apenas tiene fuerzas para hacer ninguna otra cosa. Las lágrimas caen pausadas, cuantas formas diferentes de llorar tenemos, se pasa la lengua por los labios y saborea la sal que las lágrimas han dejado en su bigote. Se pasa la mano con rabia por la boca y se levanta. Se pregunta en qué momento su risa dejó de ser alegre, cuando y como se convirtió en este individuo gris, aburrido, predecible, no espera respuesta.

Prefiere no mirar por la barandilla, un aliento o la brisa le han avisado del peligro de asomarse al pozo, se apoya con dificultad en el quicio de la puerta del dormitorio, apenas un par de pasos y se tumba en la cama, ocupará un pequeño espacio en el lado derecho, ya sabe que el resto de la cama seguirá estando vacío, que nadie lo ocupará, que ella no lo impregnará con su olor.

Cierra los ojos con mucha fuerza, se hace daño, quiere dormir, en el fondo de sus pensamientos sabe que quisiera dormir y no volver a despertar. Un vago aroma a plantas silvestres se insinúa y él duerme, por fin duerme.

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