Relatos 64 06/07/2021

Soledad

Me he recolocado la gabardina, está acolchada y aunque aún no hace mucho frío es reconfortante el calor que me proporciona, por desgracia hay otro frío que nada puede atenuar. Estoy sentado en un banco no muy cercano a una farola, me resulta cómoda la penumbra, miro una calle en la que no hay pájaros ni flores, apenas tres o cuatro hojas secas se aferran a un árbol que perece la vida, el viento, la suave brisa que a estas horas siempre sopla desde el mar arrastrando el olor a recuerdos parece haberse dado una tregua y con ella un momento más de vida a las hojas.

No pasa mucha gente, excepto algún deportista urbano que aislado por los auriculares corre produciendo un sonido sordo, sólo ha pasado gente que parece tener prisa. La cena, es la hora de cenar de recogerse en casa. La única nota de color la ha puesto una mujer que camina rápido mientras tira de la mano de su hijo más entretenido en darle patadas a las hojas secas que en seguir a su madre. Por fin me dejo vencer, cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, después de una forzada inspiración hundo la barbilla en mi pecho, de forma apenas perceptible cada día retraso un poco más la hora de regresar a casa.

Rememoro mi día, mis días. Un ligero roce de las mejillas para simular un beso que ya ninguno deseamos, un hasta luego que no termina de sonar a despedida. Cualquiera de los dos dará un nuevo pretexto para no volver a la hora de la comida, horas perdidas en la barra de cualquier bar o un café en otra cafetería, alcohol y café que siempre terminan teniendo un regusto amargo que aviva el sentimiento de culpa. ¿Cómo he podido llegar aquí, a esta situación?, agrío sabor de la derrota ¿en qué me confundí tanto?.

La sensación de haberme equivocado en todo se apodera de mí. Al principio sólo fueron pequeñas cosas, dejé de ser interesante, mis cuestiones eran solo mías, después desaparecieron las muestras de cariño, las palabras, sus palabras, comenzó a evitarme. Apenas sin darme tiempo a darme cuenta su relación conmigo se convirtió en cuatro frases hechas, me pidió que nos planteásemos utilizar la habitación de nuestro niño, un eufemismo para hablar de un hombre hecho y derecho que vivía en otro país desde hace años y al que apenas veíamos un par de veces al año, así ambos tendremos nuestro espacio. Pregunté, quise saber y la respuesta fue me agobias, pero yo seguí allí y sin grandes aspavientos algo se diluyó, no fue una fractura, simplemente desapareció. Al menos no hubo reproches ni palabras gruesas, aceptación y dolor, demasiado dolor de esa variedad que incapacita, que te mantiene respirando cómo castigo, si al menos me matase.

La sensación de derrota me ocupa, hace que una lágrima se escape de mis ojos y corra por mi mejilla, a mi lado un ramo de flores, las suyas, las que le gustan, están envueltas en un papel de celofán y con un aparatoso lazo rojo y dorado. Las he comprado hace unas horas, las vi y las compré por un impulso primitivo, no me rendiría.

Apenas escucho música pero soy un melómano empedernido, ya no escucho nada pero no puedo evitar que a veces la música que tantas veces me ha salvado vuelva a mí. No he abierto los ojos, noto cómo una lágrima se aferra mi nariz, en ese momento recuerdo el Réquiem en re menor de Mozart, no puedo evitar una sonrisa, mi memoria no podía haber elegido mejor. Cuando abro los ojos es noche cerrada, ya lo era cuando me senté pero ahora no hay gente al alcance de mi vista lo que da un aspecto lúgubre a la noche, me levanto y con paso cansino me dirijo a casa, abro y digo un hola que no encuentra respuesta, cuelgo la gabardina en la percha, en ese momento recuerdo el ramo de flores que ha quedado en el banco y tomo la decisión.

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