Relatos 35 01/06/2019

Mejor amar

Parece que el destino se empecina en hacerme repetir cosas ya vividas. Algo parecido a “esto ya me ha pasado antes”, lo nuevo es el regusto amargo, pero los hechos son casi idénticos.

Me había jurado no volver a Almería, pero ya sabes el gusto de mi hermana por ese hotelito cerca de Cabo de Gata, al final me convenció y yo que soy fácil de convencer, llené mi bolso de viaje y me perdí en la lectura y los paseos por la playa. Por la época del año, lo de meterse al agua era una temeridad.

Pronto dejé de leer, pasaba horas recordando, que es una forma dolorosa de pensar, confieso que, ahora que sabía dónde estaba el límite, al atardecer tomaba un par de vinos blancos, es curioso, nunca me imaginé que ese terragero en el que apenas se veía alguna planta seca, chamuscada, retorcida, podía desprender un olor tan intenso a flores, y la memoria, que en mi caso además de escasa va por donde quiere, me trajo recuerdos que se hicieron nítidos y algo de dolor sentí, también sonreí ¿cómo no?. Al final empieza uno por perdonarse, y de inmediato comienza a perdonar a los demás, bueno, que te reconcilias con la vida, y eso a mí, me hace sonreír, por no hablar del bienestar en el que termina uno revolcándose. Eso de andar permanente enfadado, lleno de resentimientos viejos que ya no sabemos ni de dónde vienen, debe ser muy malo para la salud, y ya he decidido cuidarme.

Siempre hay un pero, y mi pero fue una de esas plantas resecas, estaba descalzo, la pisé, me dolió y el médico del centro de salud decidió que aunque era una intervención menor, mejor fuese al hospital. Me negué rotundamente, sabía a lo que me exponía. Cómo es comprensible mis negativas fueron nada, un rato más tarde reconocí la silueta del hospital, estaba algo cambiado, el ala en construcción que yo conocí estaba a pleno rendimiento. Afortunadamente las urgencias seguían en su sitio. Mentiría si no reconociese que desde el primer momento busqué los escasos  lugares en los que estuvimos, la esquina del lateral de Urgencias, la propia puerta de urgencias, y cuando marchaba, la puerta principal, aquella en que la vi por última vez. Rememoré su sonrisa, su despedida agitando la mano. Nunca podría haber imaginado que la herida seguía abierta y que dolería de ese modo. Busqué, la busqué entre todas las personas que pasaban, al fin la primera vez que la vi, la reconocí antes de verla, ¿por qué hoy no podría volver a pasar?.

Como era de esperar no pasó, la ambulancia me devolvió al hotel, oscurecía y me ofrecieron tomar algo antes de cenar, decliné la invitación, tampoco cené. Fui directamente a mi habitación, estaba algo mareado, descarté la lectura, incluso la música, abrí las ventanas, entro un poco de aire fresco y con él de nuevo el olor de esas flores que no conseguía localizar, y con ese aroma dulzón, los recuerdos. Al principio, la primera sonrisa fue un poco amarga, no, ácida, pero de inmediato se dulcificó. Bendita memoria, cuantos bellos recuerdos olvidados, recordé una canción que hablaba de eso, y me escapé como pude de las ucronías, de los ¿Qué habría pasado si…?.

Desperté temprano, el sol entraba desbocado por la ventana que había permanecido abierta. Tenía hambre, no suelo desayunar mucho, pero en homenaje a aquella chiquilla tomé una rebanada de pan con aceite, aguacates no había. Propuse que nos marchásemos, no me arrepentía de haber vuelto, pero había tenido bastante. Decidimos que los días que nos quedaban los pasaríamos en Málaga. Sólo pedí que en la medida de lo posible evitásemos Almería, no quería volver a ver el hospital, no lo soportaría y seguramente intentaría hacer alguna tontería de la que me arrepentiría. Por fin descubrí de dónde provenía el olor de flores, era de dos o tres naranjos, raquíticos, pero en plena floración. Tome la decisión de inmediato recogí todas las flores que cupieron en mi sombrero y me fijé el objetivo de dejarlas en la recepción del hospital a su nombre. Mi cuñado, que buen hombre, me hizo caso y trató de evitar pasar por la ciudad, pero resultó imposible evitar ver el hospital, en realidad se ve desde cualquier sitio. Hundí la cabeza entre los hombros y no volví a levantarla hasta que estuvimos bien metidos en la provincia de Granada. Con cuidado, con todo el mimo del que fui capaz, deposité las flores en el agua, no pude evitar pensar que tal vez la corriente le acercaría alguna de esas flores.

Sonreí, respiré profundamente y me ofrecí a conducir hasta Málaga. Comprendí que hay cosas que jamás quedan atrás porque forman parte de tu propia vida. Pasados unos minutos me preguntaron si es que me pasaba algo, esa sonrisa era desconcertante, entonces reí, y lo hice con ganas. Mi vida que había finalizado su fase de aprendizaje adulto sumiéndome en el dolor más insufrible de mi vida, me acaba de doctorar, no quedaba nada de dolor, sólo el recuerdo dulcificado por el tiempo de los momentos más bellos de mi vida, y entendí por qué, si no hay amor correspondido, es mejor amar que ser amado.

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