Relatos 36 02/06/2019

La violencia silenciosa

Me apetece un cigarrillo. El último paquete está en el salón, así que me he levantado de la cama y camino por el pasillo. Lo sé el cigarrillo no atenuará el dolor en el pecho, no hará que desaparezca la angustia pero hace demasiado tiempo que eso dejó de preocuparme.

Es agradable el contacto frío de las baldosas con mis pies desnudos, a pesar de llevar sólo una camiseta y unas braguitas noto el calor, debe ser mediodía, debe hacer un luminoso día de verano, no lo sé con certeza, ayer cerré todas las persianas, me tumbé sobre la cama y me levanto ahora por primera vez. Tengo hambre, tal vez caliente un poco de café y tome un dulce, no me apetece guisar. El espejo del salón, apenas iluminado por unos tenues rayos de luz que filtran las cortinas, me devuelve una imagen fugaz de mi misma, no me gusta lo que veo, me derrumbo sobre el sofá y enciendo el cigarrillo, bebería un trago de cualquier bebida fuerte, pero tuve la prudencia de deshacerme de todas. Cierro los ojos y de nuevo la historia se desarrolla ante mí.

Por enésima vez vuelvo a intentar ordenar, al menos cronológicamente todo lo que pasó, me resulta imposible, las imágenes se agolpan en mi cabeza. Lo primero que noté fue su falta de interés por mis asuntos, por todos mis asuntos, nada relacionado conmigo, ya fuesen cuestiones laborales, de ocio, familiares o de cualquier otra índole dejaron de interesarle. Si alguna vez intentaba hablar de cualquier tema e insistía, con un gesto de desagrado se limitaba a decirme que le dejase de agobiar con mis cosas. Poco a poco nuestras conversaciones se redujeron al mínimo indispensable, poco más allá de saludarnos, ningún momento era bueno para hablar. Le pedí que me hablase, que me contase sus cosas, me interesé por ellas. Yo soy así, esa fue su respuesta, y desde entonces apenas me volvió a hablar. Creo que en ese momento es cuando entendí que la soledad es la falta de comunicación, el no tener a quien contarle las cosas, y me sentí muy sola. Me había negado cualquier muestra de afecto o cariño, ahora me negaba hasta la palabra, así que me armé de valor y, lo juro, con la intención de modificar mi conducta, yo que sé, de agradarle, de volver a conquistarle, me planté frente a él y le pedí que me dijese que es lo que estaba pasando. Esta vez su gesto no fue de desagrado fue de verdadera rabia y casi me gritó que le dejase de agobiar, que le estaba amargando la vida.

¿Recuerdan los terrones de azúcar?, ¿aquellos que al contacto con el café caliente se disolvían poco a poco? Exactamente así me sentí, le estaba destrozando la vida a la persona que más quería, sólo yo podía ser culpable. Intenté averiguar que debía cambiar, cómo debía actuar, reconozco, no sin cierto sonrojo, que empecé a cuidar en extremo mi aspecto físico, supongo que lo hice hasta el día en que me dijo que parecía una zorra. Me odié, quise morir, no era lo suficientemente buena para él.

Hacía tiempo que las muestras de afecto habían desaparecido, el sexo desapareció mucho antes, lo recuerdo perfectamente. Ambos volvíamos de nuestros trabajos, él debía haber tomado una copa con los compañeros, el caso es que subimos a casa e hicimos el amor, que dramático eufemismo, se trató de un acto estrictamente físico, frío, mecánico. Cuando terminó intenté besarle, deja de joderme la vida, eso fue lo que me dijo y marchó al salón. No pude aguantarlo, corrí hasta la caja en la que conservaba sus cartas, las cogí todas y se las tiré sobre las piernas. Tu me querías, no puedes negarlo, al menos dime que ya no me quieres. Se levantó, se vistió, y sin decir una sola palabra salió de casa con un portazo.

Desde aquel día a la incomunicación más absoluta se unió su desinterés por asistir a cualquier acto social conmigo, ni siquiera a aquellos que solemos tener por inexcusables, él siempre tenía una excusa. Que acerada dureza la de la suavidad de la indiferencia, nada, absolutamente nada de mí parecía importarle.

Busqué ayuda, aún me sentía culpable, ¿cómo podía haberlo hecho tan mal, cómo había conseguido destruir lo que más quería?. Recibí los tópicos consejos dignos de un libro de autoayuda y decidí refugiarme en mi trabajo, intenté asumir el desamor y esperar que algún día pudiese volver a poner sus ojos sobre mí, me negué a perder la esperanza, creí que me blindaba, que soportaría el dolor que se había adueñado de mi vida. Ayer recordé una frase de Alejandro Dumas “Las heridas morales tienen esta peculiaridad: se ocultan, pero no se cierran; siempre dolorosas, siempre prontas a sangrar cuando se les toca, quedan vivas y abiertas en el corazón” Naturalmente la herida siguió supurando, pero yo, terca y obstinada persistí, hasta que un día, seguramente harto de negármelo todo desapareció. Volví a casa y él no estaba, faltaban algunas de sus cosas. No tuvo ni siquiera la atención de dejarme una nota, después me llegaría un mensaje “Pasaré a recoger mis cosas cuando tú no estés. Para el resto de cuestiones se pondrá en contacto contigo mi abogado”

Así pues no gané ni una sola de las batallas de una guerra que había perdido hace mucho tiempo. Pedí un mes de vacaciones que ya casi acaba, me encerré en casa y lloré, pero seguí sin entender, y lo que es peor, seguí sintiéndome culpable. Culpable de amar, que amarga sonrisa, en realidad carcajadas, los vecinos pensarán que estoy loca.

Voy a encender otro cigarrillo, si reuniese suficientes fuerzas me adecentaría un poco y saldría hasta el bar próximo y me emborracharía, debe ser media tarde, abriría el balcón y dejaría entrar la luz si no le temiese tanto a la llamada del asfalto.

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