Relatos 47 13/10/2019

El precio del amor

He dejado el coche en al aparcamiento de la plaza de Rossio, la mañana de un otoño que aún no se decide a desembarcar con toda su fuerza tiñe las primeras hojas de los árboles de un leve color amarillo. El fresco de la mañana invita a pasear, tomo una bica en la Praça Dom Pedro IV y camino por Rua Augusta, a mi lado las tiendas comienzan a abrir sus puertas, en unos minutos la calle se anima, se puebla de personas de todas las razas, una ciudad que hace unos momentos dormitaba se convierte en una flor que se despereza y abre al sentir la caricia del primer rayo de sol y se convierte en un espacio multicolor con olor a café y especias, me ensimisma el espectáculo y tengo que dar un salto para evitar un doble atropello por un tranvía y una furgoneta de reparto, “carriñas” las llaman, me gusta el nombre.

Cada vez que entro en la Plaza del Comercio por el arco de Rua Augusta suelo caminar hasta el centro de la misma y después girarme para admirar su arquitectura, hoy decido caminar hasta la escalinata, acercarme hasta el agua del estuario del Tajo. De una forma impremeditada me descalzo y sentado en los escalones dejo que el agua moje mis pies. Por fin me invade una sensación de paz interior que me rehúye desde hace demasiado tiempo, ¿así que al final esto era todo?… fundido a negro y fin.

La sirena de un barco me devuelve a este mundo, me devuelve a una ciudad que siempre me ha salvado y a la que había dado la espalda. Cuantas horas desperdiciadas revolcándome en el dolor de tu ausencia, en la esperanza del reencuentro cuando la respuesta estaba aquí mismo al alcance de mi mano, dentro de mí. Que profundo desasosiego el de la soledad no deseada, el de la añoranza, y me ha bastado mojar mis pies en las aguas de un río que se hace mar para darme cuenta de que este es el precio que debo pagar por mi amor, la soledad, un precio que pago gustoso, ahora sonriente y feliz esperándote, aunque no vengas, aunque tardes una eternidad. La soledad cómo prenda de amor es un precio justo.

A mi alrededor se agolpan y miran divertidos algunos de los turistas que a estas horas ya copan la ciudad, escucho sus cuchicheos, un grupo de españolas comentan en voz baja pero audible (que alto hablamos los españoles), pobre hombre, ¿qué hará un señor tan mayor tirado en las escaleras y con los pies en el agua?, mírale si encima se sonríe, debe estar loco, pues no tiene mala pinta, Jesús que cosas más raras se ven en el mundo. Me dan ganas de levantarme e invitarlas a acompañarme al agua, a contarles que esas aguas les llevarán a sus amados, y les he querido hablar de tus manos que aunque finas y cuidadas siempre he preferido imaginar cubiertas por una tierra que las adornan cómo joyas, manos llenas de tierra y de frutos del olivo del color de tus ojos, y he querido hablarles de unas manos que me abrieron la puerta al amor y a la vida. Quisiera haberme levantado y haberlas abrazado, haberme ofrecido como Cicerone, señoras mías me tienen a su disposición, les enseñaré esta ciudad peor que cualquier guía pero mejor que cualquier hombre, les voy a enseñar la ciudad a los ojos del amor pero tendrán que permitir que me acompañe mi razón de ser, no, no estoy loco, ella no está aquí pero existe, existe conmigo, no es mi mujer ni mi amante, menos mi amiga, ella simplemente es conmigo.

Me he calzado y tarareando esa canción que sólo tú y yo sabemos que tarareo cuando me siento feliz, cuando te tengo en mí, he callejeado hasta el Chiado, un último café junto a Pessoa, le he guiñado un ojo y le he hecho una confidencia, me voy con ella, tú me entiendes, tú sabes lo que es estar enamorado.

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