Relatos 48 27/10/2019

JCJ

Podías haberme hecho una pregunta fácil, sencilla ¿me quieres?, la respuesta habría sido igualmente sencilla, sí, te quiero con toda mi alma, pero preferiste preguntarme si era feliz y me desmantelaste. En ese momento me sentí cómo estos árboles a los que el otoño desnuda preparándolos para el fin de un ciclo eterno de muerte y resurrección.

¿Hay tal vez una regla que mida la felicidad? ¿podría decirse que entre uno y diez en la escala de felicidad me encuentro en el…? No, lo sé no se trata de nada de eso, cómo siempre tus preguntas no esperaban respuesta y esa no la tuvo. Hoy tiempo después ha vuelto la pregunta a mi cabeza y ha sido como un pistoletazo o posiblemente haya sido como esos truenos de una tormenta lejana que no son avisados por la luminosidad de un relámpago, un sonido sordo, profundo, grave, un sonido que empieza siendo un leve rumor y terminan envolviéndonos con un rugido estridente, que se instala en nuestra mente y nuestro cuerpo erizándonos el vello y no nos abandona hasta que lo miras o los ojos.

No sé si soy feliz, hoy ya te puedo responder. Creo que estoy condenado a una felicidad siempre incompleta, toda una vida buscando, al final abandoné la búsqueda y sólo quedó una vaga esperanza teñida de resignación pero… Entonces alguien descorchó una botella del más exquisito vino, al fin te tenía en mis manos luego era posible y bebí hasta saciarme, apenas necesitaba nada más salvo que era una botella de vino y era la única, y quién después de probar ese néctar no querría tomar más, beberlo eternamente. Debería considerarme el hombre más afortunado del mundo, yo, solo yo he degustado ese vino, tengo algo que no buscaba pero que acabé encontrando, eso es algo que nada ni la muerte podrá arrebatarme, te encontré y te tuve. Sin embargo el dulce sabor del mosto que aún impregna mi boca y mi espíritu me empuja a vivir no ya con la esperanza, nada espero, puesta en una búsqueda que a nada conduce, pero con la íntima certeza de que aún queda un sorbo por consumir y que cualquier mañana, ahí a la vuelta de la esquina enredando con mis flores o mientras persigo caballitos de colores como esos cursis muñequitos que regalamos a los niños podré dar ese último, definitivo sorbo de vida, tal vez en ese momento, coronado el pastel por la guinda de tus labios eternos, sonría con cierto descaro y pueda decir que soy feliz.

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