Relatos 68 30/10/2021

El Luis.

Las cinco de la madrugada de una noche no demasiado fría, lluviosa y triste en una pequeña ciudad de provincias en un día entre semana, más parece el escenario para una historia truculenta que para lo que realmente suele pasar, nada.

Supongo que con el dudoso afán de preservar el casco viejo de la ciudad de la contaminación lumínica, cambiaron recientemente el alumbrado. Ahora es de un amarillo lechoso, que en una noche como esta lo único que consigue es darle un tinte lúgubre.

Así, entre brumas y lluvia caminábamos sin apenas decir nada. No estábamos precisamente para grandes discursos. Supongo que además con un aspecto deplorable, toda una noche bebiendo de garito en garito y empapándonos en los trayectos con esta lluvia, que no por deseada, dejaba de ser un incordio.

Hay amigos con los que quedar para cualquier cosa implica el riesgo de terminar haciendo las más dispares y generalmente las más disparatadas.

“Quedamos esta noche y no me digas que tienes planes que te conozco, nos tomamos un par de vinos con unas tapas, charlamos un rato y cada uno a su casa”. Naturalmente le dije que sí con una sonrisa de oreja a oreja, de sobra sabía que del plan original no quedaría nada, pero a él le gustaba escuchar cómo fingía que le creía.

Cuando acabamos cerrando el último sitio donde nos sirvieron una copa con cara de pocos amigos, nos quedamos como suspendidos en el tiempo, ¿y ahora?

Al Luis, nos vamos al Luis, dijo con una expresión triunfal.

Tengo la impresión de que en todas las ciudades debe haber un antro como el Luis. En este caso se trata de una churrería próxima a la estación del tren. Es un sitio pequeño, apenas hay cuatro mesas y una barra. Se sirve café, chocolate, churros y, sospecho que de tapadillo, aguardiente. Si algún día alguien le pide un té seguro que el pobre y viejísimo Luis sufre un soponcio.

-El Luis, en todas las ciudades hay un Luis, sentencié.

-También dicen que en la vida de todas las mujeres hay o ha habido un Luis.

-Valiente chorrada.

El caso es que nos dirigimos a la churrería a sabiendas que era el último recurso que nos quedaba, incluso durante los momentos más duros de la pandemia, cuando todos los locales no esenciales estaban cerrados, nuestra churrería abría, unas pocas horas de madrugada pero abría.

No creo que en la ciudad hubiese ningún otro sitio donde tomar algo. Hace algún tiempo, en la época en la que la permisividad era norma, había, creo que tres bares de alterne. Me parece que ya han desaparecido, pero a saber, nunca fuimos de frecuentar esos sitios.

Había dos mesas ocupadas, una por un señor mayor, muy mayor, me extrañó que una persona de esa edad estuviese a esas horas intempestivas tomándose una copa de aguardiente, si hubiese tenido tiempo le habría inventado una historia.

La otra mesa la ocupaban tres jóvenes con ropa de trabajo. Desbordaban juventud y energía, estaba claro que se incorporaban al trabajo, no podía imaginar qué tipo de trabajo precisa que sus trabajadores tengan que desayunar a esas horas. Me estoy liando, tiendo a liarme y si llevo alguna copa de más el ovillo termina por ser de dimensiones cósmicas.

Afortunadamente él se había adelantado y había pedido dos cafés con leche, unas porras (el nombre de porras es una reminiscencia de nuestra época estudiantil en Madrid) para él y churros de lazo para mí. Nos sentamos uno enfrente del otro y comenzamos a diluir el café y empapar los churros en el alcohol que habíamos bebido con escasa moderación. Habíamos hablado tanto durante la noche que se agradecía un momento de silencio.

Levantó la cabeza de la taza, y me miró con sus ojillos de ratón desde detrás de sus gafas de pasta súper modernas, se las ajusto y me dijo.

-Lo dejo, esto se acabó.

Lo miré, acostumbrado a estas salidas incontrolables suyas.

-¿Qué vas a dejar? Alma de cántaro.

-Qué va a ser, pues el rollo este que me traigo con ella desde hace años. Me voy a morir pero lo dejo.

– Joder, a estas horas no me puedes venir con estas chorradas. ¿Tú crees que este es el mejor momento para tomar decisiones? Pero si no estamos más que para meternos en la cama y enfriar la borrachera.

-Tú sigue sin hacerme caso. Esta es una decisión meditada, no puedo mantener esta relación, no puedo por ella.

-Tú estás tonto. Te ha entrado la vena heroica y te has convertido en un caballero andante. Déjame desayunar y cuando enfríes la mosca volvemos a hablar.

-No, tú no me quieres entender. Soy un grano en su culo. Vale que la quiero con toda mi alma pero esta relación…

Le interrumpí.

-¿A qué relación te refieres?, pero si no tenéis nada. Tú lo que eres es un estúpido gilipollas enamorado de una quimera. Y Parece que te ha entrado la vena romántica…

Nos callamos de inmediato. ¿Se han fijado como visten ahora los municipales, parecen cuerpos militares de élite, intimidan hasta a dos moscas muertas como nosotros que como mucho tienen por máximo delito un aparcamiento indebido.

Entraron los dos, jóvenes, fuertes y se dirigieron a la barra. Tuve la impresión de que todos los clientes nos íbamos a poner cara a la pared con los brazos en alto sin necesidad de que nos lo ordenasen, pero se limitaron a pedir un paquete de churros y se marcharon despidiéndose con una exquisita educación.

Parece que lo que prometía ser una magnifica aventura para contar durante el vino de mediodía se había aguado.

-Que sí, que se lo debo, que ya está bien. No le puedo dar nada y la tengo liada. Soy un egoísta que solo pienso en mi amor y en mis chorradas.

-¡Desde luego me caen unas cruces!. Espero que no te de llorona, sería lo que me faltaba.

-Deja de hacerte el listillo y el suficiente. ¡Qué sabrás tú de estas cosas, no hay más que ver tu vida!.

-Oye, a mi déjame fuera de tus locuras.

-No, es verdad, mírate. Nada, un pedantillo ratón de biblioteca jactándose de su soledad e independencia y en realidad los dos sabemos que estás tan jodido como yo.

-Sigue con lo tuyo e ignórame.

-De eso nada, querer a una persona, amarla es un compromiso vital, el único compromiso por el que merece la pena vivir, pero cuando todo se pone en contra, cuando no puedes estar con la persona amada, no puedes darle nada, lo único que consigues es joderle la vida. Ella tiene una vida y merece poder vivirla sin un idiota que la tiene atada a un futuro imposible. Se lo debo y se lo voy a pagar, aunque me cueste la misma vida.

Entenderán que si le dejé hablar durante tanto tiempo es porque aproveché para comerme los dos últimos churros que quedaban en el plato. Se había quedado callado y entendí que esperaba que le respondiese. Me tomé mi tiempo, pensé en darle las respuestas tópicas y desembarazarme de lo que no parecía más que ser un mal viaje, pero nos conocíamos bastante bien así que medité la respuesta al tiempo que me apuraba por no darle más cuerda.

-Mira muchacho, a mí estas salidas dignas de libro de autoayuda me han parecido siempre una imbecilidad. Tú lo que eres es un cobarde de tomo y lomo. Así que si no salen las cosas como a ti te gustarían, en vez de seguir ahí, dándolo todo, finges una actitud digna, altruista, y sales corriendo como un conejo. No me fastidies anda.

-No me entiendes, no sabes lo que siento.

-¿Cómo?, llevo años aguantándote la monserga de tu enamoramiento y me sales con estas. ¡Déjate de tonterías!. Cuando hayas recuperado la cordura hablaremos.

-Sigues sin entender nada, todo está perdido, no hay esperanza.

-Por favor, ¿un folletín? Esto ya no lo soporto. Mira, te vienes ahora mismo a casa, te preparo un café de verdad, no esto que nos ponen en los bares y te lo tomas bien dulce.

-Eso seguro, me tienen hasta el gorro los que opinan con suficiencia que los que gustan del café lo prefieren amargo, otra tontería que ha hecho fortuna.

-En eso tienes razón, aunque lo mismo nos gusta dulce por lo racionada que teníamos el azúcar cuando éramos niños. Ya era hora de que tuvieses razón en algo. Así que paga y nos vamos a casa, después te acuestas en el sofá y te dejo dormir todo lo que quieras. Otra ventaja de la soledad.

-Corta el rollo, te mueres porque te quiera alguien. Si no te escondieses tanto. Eres un tío cojonudo, sal al mercado, seguro que triunfas.

-Lo que me faltaba, ahora estás en la fase amistad inquebrantable. Anda, vamos para casa.

Lleva una hora durmiendo en mi sofá y roncando como  una locomotora antigua. Sé que mañana cuando se despierte y recuerde se sentirá avergonzado, cómo si no nos tuviésemos tantas cosas que guardar, cómo si no me hubiese dado cuenta de que justo antes de dormirse le envió un mensaje de buenos días.

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