Relatos 62 05/07/2021

Recurrente lluvia

Esta publicación no va sobre los musicales, que me encantan, ni sobre cine, ni tan siquiera sobre literatura. Hoy he recibido una lección de humildad que ha terminado por destruir mí ya escasa soberbia intelectual. Al menos eso les librará de  tener que soportar la pedantería de mis comentarios.

Llevamos cuarenta y ocho horas con amenazas de lluvias que solo se han materializado en una llovizna insípida, y cuatro gotas algo más gruesas.

Esta noche había un concierto de Jazz, un pequeño grupo de provincias, no imaginen una gran “big band” o algún intérprete de renombre, algo rayano en lo humilde, y estándares del Jazz que están en la memoria de los que aún conservamos alguna.

Hemos terminado tarde, han tenido el buen gusto de terminar la actuación interpretando alguna canción de Jazz Bossa. Me he puesto la bufanda y me he encaminado al exterior, caía un diluvio. A escaso medio metro de la puerta un canalón vertía un torrente de agua, cuanto más glamour si se tratase de una gárgola de Notre Dame, pero era un triste tubo metálico. Llegar hasta el coche se convirtió en una especie de maratón pasada por agua.

Las pequeñas ciudades de provincias se deshabitan las noches de lluvia. Crucé media ciudad, después el puente sobre el Guadiana con sus horteras lucecitas de colores. Precisamente allí fue donde me di cuenta que la soledad era algo más que un sentimiento, ¡ni siquiera había coches!. Seguía lloviendo con fuerza, frente a mí, la avenida en la que vivo. Aminoré la velocidad, empezaba a disfrutar de las luces distorsionadas por el agua, del ruido que producía la lluvia al golpear el coche, de la absoluta soledad. Pasé por delante de mi casa, seguí conduciendo. Noté una pequeña molestia en los pómulos, debía llevar más de media hora con esta sonrisa. Reconquisté la compostura, que débil soy, a los pocos instantes sonreía de nuevo. No pensaba en nada concreto, pero un estado de íntima alegría se estaba apoderando de mí. En la siguiente glorieta decidí dar la vuelta y marchar a casa.

Me gusta la ciudad de noche, bajo la lluvia y, posiblemente por primera vez daba gracias por que no hubiese nadie. También por primera vez encontré algo de belleza en esta ciudad.

Aparqué justo enfrente de mi casa, hay días que las cosas se ponen de tu parte, prácticamente todo, ahí estaba la lluvia, persistente, insidiosa, para recordarme que siempre hay que pagar un precio.

¿Para que iba a coger un paraguas o una prenda de abrigo? Cuando salí de casa apenas podía decirse que lloviese, y las perspectivas no eran que fuese a cambiar. Así que con una chaqueta de entretiempo, me gusta la palabreja, y una bufanda que me resisto a llamar foulard, estaba bastante mal pertrechado para afrontar lo que ya empezaba a parecerse bastante al diluvio universal. Mañana compraré lotería, de repente recordé que tenía en la bandeja posterior del coche un sombrero de ala ancha, un magnífico sombrero de fieltro verde, estaba salvado.

La cosa pintaba bien, pero no era cuestión de venirse arriba, en realidad no sabía a qué se debía este estado casi eufórico en el que estaba entrando.

Cómo suele pasar en estas ocasiones, hubo un detalle que desencadenó la memoria. Pasé junto a una de las farolas y recordé a Gene Kelly cantando y bailando bajo la lluvia.

La lluvia, que en muchos suele desencadenar la melancolía, que incluso a mí que gusto de ella suele provocarme algún pensamiento sombrío, esta vez estaba provocando justo lo contrario, y lo entendí, mientras canturreaba la canción y trataba con irregular éxito sortear los charcos, que digo charcos, las lagunas que anegaban las que ahora me parecían amplísimas aceras. Ya se imaginan, una especie de epifanía de folletín, de comedia barata. Así que ¿era eso?. Si eres feliz, o si estás enamorado, hasta la lluvia más torrencial se convertía en un nuevo motivo de alegría. Hombre no es que sea un pensamiento de los más elevados que he tenido, ni siquiera de los más estructurados, pero a mí me valió. Como no había quien me viese chapoteé un poco, al llegar al soportal, a cubierto ya del aguacero, me di la vuelta y seguí disfrutando de la lluvia. Respiré profundamente, intenté dar unos pasos de baile. No utilicé el ascensor, subí tarareando la canción. Me he cambiado y he buscado la canción y… tenía que contárselo a alguien.

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