Relatos 60 07/02/2021

Borregos.

Hace frío, me he quitado la cazadora hace un rato y me estoy quedando helado.

Que noches frías las de mi pueblo. Tal vez decirle pueblo sea una exageración, no creo que una exigua recua de dromedarios y un puñado de cabras y ovejas se les pueda llamar pueblo. Nunca permanecíamos muchos días en el mismo sitio, en cuanto se agotaban las cuatro briznas de hierba o las pocas hojas de los arbustos cambiábamos de lugar, siempre por caminos pedregosos. Que absurda y equivocada idea tienen los europeos de lo que es el desierto. Nadie camina por la cima de las dunas, es el peor sitio para caminar, las zonas arenosas son intransitables, además allí nunca hay agua, ni una simple planta. Pero de piedras si podemos hablar, malditas piedras.

Me llamo Adib, que manía tienen con llamarme Mohamed, o morito, me llamo Adib aunque ni siquiera sepa en qué país nací, soy del Sahel y allí no hay fronteras.

Aprendía a leer y escribir porque tuve la suerte de que mi tío había emigrado de joven a Francia y me transmitió sus conocimientos. Seguramente eso tuvo mucho que ver con mi ansia de escapar, lo hice, apenas tenía trece años, creo. Me creí las mil bellas historias que me contaron y empecé un viaje de no sé cuántos kilómetros y tres años.

Caminé mucho, trabajé más. Durante meses trabajé como esclavo en sentido estricto, el que en las costas de Libia me violasen no quedó más que en una anécdota. Después la patera, el miedo al mar, a ese mundo que desconocía y por fin las tierras de Europa, Adra, eso lo supe después, los invernaderos y el rescate por una asociación, el ingreso en un centro y la posibilidad de llevar una vida digna. Estudié, terminé la enseñanza secundaria y ahora tengo un trabajo en un hipermercado, ya he conseguido mandar dinero a mi familia, cuanto les echo de menos, si pudiese ahorrar un poco me iría a visitarlos, echo de menos las madrugadas sacando a las cabras y las ovejas del redil, los primeros rayos de sol en la cara. Añoro el sabor de los dátiles, de las gachas con la leche recién ordeñada, del vaso de té caliente y dulce que preparaba mi padre.

Madre mía, y ahora tengo que salir ahí fuera a partirme la cara con el muchacho ese, y todo por una gilipollez, teníamos que hacernos los machitos las chicas nos estaban mirando. Además debe hacer un frío de narices. Claro que frío en mi pueblo en invierno, menudas nevadas. Bueno, tal vez decir pueblo sea mucho decir, una alquería desgajada de un pequeño grupo de casas que a su vez eran una pedanía  de un pequeño pueblo. Las ovejas con mi padre y mis perros, el calor insoportable del verano, el frío asesino del invierno. Después la escuela unitaria, estudiar lo que pude, emigrar a Madrid y entrar en el ejército. Buena idea, ya he terminado el primer ciclo de dos años, en el que comienza me voy a preparar el curso de cabo, resulta que finalmente no se me dan mal los libros. Echo de menos los atardeceres cuando se colaban los últimos rayos de sol entre las colinas y llevaba el ganado al aprisco, el trozo de queso fresco que preparaba mi madre y las migas con torreznos que preparaba mi padre de vez en cuando.

Paco, hijo de Francisco “el borreguero” de mal nombre.

¿Pero qué pinto yo aquí?, pero si a mí jamás me ha gustado pelearme con nadie. Ya me lo decía la maestra, guárdate el pronto, que algún día te van a dar una sorpresa desagradable, y mira que he aprendido en la mili. Esto de ser soldado profesional te ayuda en lo el autocontrol, y yo que pensaba que era todo lo contrario. Y ahora metido en algo que ni me interesa, ni me apetece, ni tiene razón de ser. Seguro que el pobre muchacho tropezó conmigo y me tiró el cubata sin querer, pero este maldito genio mío, este y el que ella me estuviese mirando me hicieron desafiarlo. Maldita sea la hora y la bravuconería. Pero debo salir, me espera en el callejón y cobarde no soy.

Llevo años viviendo con miedo, tropecé con él, le tiré la copa, me disculpé pero se puso chulo y yo ya estoy harto, siempre con miedo, siempre huyendo de los conflictos, siempre soportando humillaciones. Miedo a los adultos, miedo a la guardia civil, a los patronos, miedo a que me echasen de España, miedo a perder el trabajo, miedo a todo. Pero ahora tengo todos los papeles, no le puedo tener miedo a nada y a nadie y sin embargo me he metido en un buen lío que va a terminar a puñetazos por no haber sabido callarme a tiempo, con lo fácil que habría sido. Pero ya no queda tiempo lamentarse por ahí viene.

  • Aquí estoy tío chulo.
  • Te esperaba, pensé que eras un bocas y que no ibas a salir.
  • Pues ya ves he salido y te voy a hacer que te tragues tus palabras.
  • Que valiente, veremos quien traga más.

Indecisos aunque lo disimulasen se fueron acercando el uno al otro, cuando apenas estaban a un par de metros y parecía inevitable el cruce de golpes y las palabras se resistían a salir de sus bocas, se escucharon unos pasos rápidos, ligeros pero con una extraña sonoridad. Algo o alguien corría hacia ellos y estaba a punto de dar la vuelta a la esquina. Venía de la espalda del soldado que se giró sintiendo un impulso inevitable. Se puede decir que a los dos se les abrieron los ojos a la vez de una forma desorbitada, no podían dar crédito a lo que estaban viendo. Un corderillo, poco más grande que un lechal corría hacia ellos, se frenó en seco entre las piernas de Paco.

¿Qué se hace en estos casos?, pues es posible que no haya una sola respuesta, pero lo que pasó esa noche es que Paco se puso en cuclillas y acarició al borreguillo, lo que pasó fue que Adib se acercó y preguntó con tono incrédulo, ¿de dónde puede haberse escapada este pobrecillo?. ¿Te has dado cuenta de que tiene un collar, como si fuese un perro?, será de algún niñato que piensa que es un juguete, que mal fin le espera. Y así siguieron durante unos minutos o muchos minutos, ¿cómo se mide el tiempo en esas circunstancias?. Me gustan las ovejas, de niño las cuidaba, joder, a mí me pasa lo mismo. A ambos les dolían las piernas de estar en cuclillas pero no podían dejar de acariciar y tranquilizar al animalillo, hablaban mucho, todas las palabras que hace un rato se resistían a salir de sus labios brotaban ahora como un manantial de agua fresca, para uno era como esas fuentes que nacen entre dos piedras y riegan una frondoso jardín natural de albahaca, melisa, salvia, menta, césped; para el otro las palmeras, las acacias, las rosas de Jericó, el pasto verde y alto del que se alimentaba su ganado cuando daban en un Oasis.

Se escucharon nuevos pasos, esta vez eran más y también se aproximaban a la carrera. Aparecieron un chiquillo y el que parecía su padre, el niño con lágrimas en la cara, el padre excitado por la carrera y con la cara roja por el esfuerzo. Bambi, mi Bambi, no le hagáis nada. No te preocupes, solo te lo estamos guardando. El niño sonrió mientras abrazaba a su mascota. Cuídalo mucho si le tratas bien, te será más fiel que un perro. Dieron las gracias y se llevaron su cordero.

Oye, ¿de verdad que tu cuidabas ovejas de niño, te lo juro, y además me gustaba. Si supiese como lo echo yo de menos. Las ciudades no están mal, pero como vivir en el campo… yo, por mi trabajo ando bastante por el campo, si supieses que a veces me quedo como tonto con los olores de mi infancia que vuelven como si no se hubiesen ido nunca. Que suerte tienes yo hace años que no he vuelto a mi tierra y muchas noches me quedo mirando a la luna pensando que a lo mejor en ella se refleja la tienda de mis padres. ¿Te apetece tomar algo? Sí, pero no volvamos a la discoteca, hay demasiado ruido cualquier café estará bien, así podemos hablar de nuestras cosas un poco, es curioso que tengamos cosas en común. No es tan extraño, por cierto ¿A que habíamos salido? A hacer el borrego que parece que eso también se nos da bien y lo tenemos en común.

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