Relatos 55 30/06/2020

Canchales, sonoro nombre. En mi tierra llamamos así a unos afloramientos graníticos que apenas son visibles pese a su tamaño, toda la zona está muy arbolada, tan solo son visibles en las cotas más altas de la sierra.

En estas tardes de primavera en las que aún el viento es fresco se agradece tumbarse sobre uno de estos grandes canchos, almacenan el calor del día y no lo pierden hasta bien entrada la noche.

Mi primo P y yo hemos ido en alguna ocasión y hemos permanecido horas tumbados, muchas en silencio con los ojos cerrados o abiertos mirando pasar las nubes, otras charlando de todas las cosas imaginables. Recuerdo alguna risotada cuando en medio de una disertación cuasi filosófica, uno de los dos veía una nube con una forma extraña o que recordaba a algo o alguien. La señalabas y decías mira se parece al sereno, y todo eran risas juveniles, poco importaba que hace unos segundos alguno de los dos estuviese abriendo su alma.

No me extrañó que me invitase a repetir la experiencia, la verdad es que temí por mi espalda, hace mucho tiempo que dejamos de ser maduros, pero acepté, hacía demasiados años que no buscamos refugio en la naturaleza más salvaje que teníamos a nuestro alcance.

No tuvimos dudas, nos dirigimos a los tres picos, allí hay un canchal ubicado perfectamente, mira al sur, con lo que la sierra queda a nuestra derecha y el ocaso a nuestra izquierda. Los bosques de robles que lo circundan quedan suficientemente lejos como para no interrumpir la vista. Siempre nos prometemos volver al llegar la puesta de sol pero ¿quién se resiste al espectáculo de una noche estrellada?

La primera pregunta, sonó como un petardo o un disparo, más por el tono que por la pregunta en sí.

P.- ¿Y bien?

R.- ¿Y bien qué?

P.- Eso que te anda rondando por la cabeza desde que has llegado a casa y de lo que has eludido hablar todo el tiempo.

Qué bien me conoce, lo ha planeado todo para que hable, sabe que hay algo que tengo que sacar de mí y me lo ha facilitado. Ahora tendré que ver la forma en que le explico que a estas alturas en las que uno cree estar de vuelta de todo me he dado cuenta que sigo sin saber casi nada, que sigo equivocándome con la devoción e impertinencia de un quinceañero.

R.- ¿Recuerdas la mujer de la que te hablé? Y aleja esa sonrisilla, me refiero a la última. Vale, pues esa que sabes que me quiere, y a la que yo quiero más que a mí mismo me preparó una noche en una casa rural, ya hemos ido en otras ocasiones a esa casa, fue otro 19 de junio la primera vez que pasamos un fin de semana juntos precisamente en esa casa, nos gusta y basta.

Todo transcurrió con normalidad pero al llegar la noche me dijo que tenía que hablar conmigo, ya sabes que ese suele ser el presagio de todos los males que nos acechan, vamos, que es la frase más temida por los hombres. Me hizo acomodar en uno de los de los sillones enfrente de la chimenea, me preparó una copa de ron, me dio la espalda se acercó a la chimenea y con algo de yesca y unas astillas que, por el chisporroteo debían ser de pino, prendió un fuego regular, cuando lo creyó oportuno acerco un par de troncos menudos de encina, se incorporó y vino a sentarse a mi lado, giró su sillón hacia el mío y se me quedó mirando sin decir palabra, le seguí el juego y no abrí la boca más que para dar pequeños sorbos a mi copa.

No puedo recordar el tiempo que estuvimos así, debió ser mucho, nadie dijo nada, por fin el fuego se extinguió. Se acercó a mí y me dijo ¿Y bien?, justo exactamente lo mismo que me has dicho tu hace un momento.

La respondí que no sabía a qué se refería. Se levantó de nuevo, me miró y dijo, “ya no hay fuego ¿verdad?”. Asentí con un movimiento de cabeza, Ella se agachó sobre el fuego y sopló con fuerza y de inmediato brotaron de nuevo las llamas, unas llamas azules y rojas, los restos de los troncos de encina se pusieron incandescentes al momento.

Abrí las manos y con un gesto la inquirí.

R.- Ya sé que cuando se soplan unas brasas vuelven a arder.

X.- No estoy hablando del fuego, de la lumbre que hemos encendido, estoy hablándote de sentimientos.

R.- Pero…

X.- Calla y escucha, por favor. Ya sé que me quieres, me lo has dicho alguna vez, incluso en momentos de éxtasis, cuando hacemos el amor me has dicho que me amas. ¿Cuántas veces en total, cuantas veces en todo este tiempo? Es una pregunta retórica, no contestes.

¿Por qué siempre te noto lejos de mí? ¿por qué me condenas al silencio? Muchas veces me quedo a la espera de tus palabras a que respondas a mis preguntas, tal vez me las ofreces de la forma que sabes, con silencios y ausencias, y no puedo acostumbrarme a eso. Podría quedarme callada y ser cobarde, que el silencio entre nosotros sea la respuesta a mis preguntas, que el silencio sean tus palabras.

Pero a lo mejor es que quieres que aprenda a no esperar nada de ti, a que renuncie a cualquier esperanza, a que lo único que me ofrezcas sea tu ausencia salpicada de vacío. Si es eso lo que quieres dímelo ahora.

R.- ¿Sabes P? es duro que te den una bofetada tan fuerte por merecida que esté. Uno se cree que está haciendo lo que debe lo mejor posible y resulta que no, que en realidad me miro tanto a mi ombligo que ignoro el único que debería interesarme. Creo que me ha venido muy bien que me haya señalado con el dedo. Ha sido todo lo valiente que yo cobarde.

P.- ¡Madre mía! Esa mujer es todo un carácter. Además te ha puesto en tu sitio, ¿es que con la edad te has vuelto bobo?

R.- Pues sí, definitivamente no he sabido cuidar lo único que me importa en esta vida. ¿Es que no voy a aprender jamás?  Ya no tengo tiempo para andarme con juegos, nunca se tiene tiempo suficiente. Parece que quisiera terminar en un rincón lamiéndome las heridas y añorando lo que destruí. ¡Me niego!

P.- Pero habrás hecho algo, algo dirías. Te conozco, eres torpe, pero no dejas pasar oportunidades tan claras, ¿qué hiciste?

R.- Joder P, lo único que podía y debía hacer, soplar con todas mis fuerzas y echar todos mis troncos al fuego, las brasas estaban y yo casi dejo que se apaguen. Se acabaron las expectativas, quiero mi lumbre ardiendo cada minuto de mi vida.

P.- Vas a tener que soplar fuerte, esa mujer lo merece. La noche está de dulce pero creo que nos vendría bien un trago de ron añejo que tengo en casa.

R.- Vamos P, ¿sabes?, estoy enamorado, se lo he dicho y se lo voy a repetir cada día, pero además se lo voy a demostrar.

6 comentarios sobre “Relatos 55 30/06/2020

  1. El diálogo está muy bien, sin embargo, me ha venido a la cabeza, no sé por qué, aquello de que en cuanto comenzamos a amar el vuelo del pájaro, a la vez comenzamos a construir su jaula…
    Bonito relato😉

    Le gusta a 1 persona

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