Relatos 54 10/05/2020

Nuestro ventanuco

Hablamos durante horas, hablamos mucho los dos. No fue fácil al principio, yo había aceptado la invitación a tomar café como una exhortación a volver a su vida. No la llamé, simplemente me presenté ante su casa a la hora en que se suele tomar café, había pensado comprar unas flores o unos bombones, en ese momento mi imaginación no daba para más y quería presentarme ante ella de una forma casi neutra, mis expectativas eran mías y bastante tenía con mantener a raya los sentimientos que por momentos se desbordaban.

Abrió la puerta, sonrió pero mantuvo la mirada baja, sus ojos sonrieron cuando le tendí un pequeño ramo hecho con margaritas, alguna amapola y una ramita de olorosa Celinda que había recogido de camino a su casa, entonces la reconocí. Esa señora, no podía negarlo, era la niña de mi infancia, la mujer de los sueños de toda mi vida.

Pasamos al salón, se disculpó y fue por una cafetera, el café estaba recién hecho, unas tazas y un plato con dulces caseros que supe había elaborado con sus manos, no podía imaginar el amor con que lo había hecho.

Hablé para que ella hablase y escuché. Después hable, nuestras vidas transcurrieron ante nosotros como una película a la que hubiesen robado el color. Habían pasado muchos años pero apenas tardamos un momento en recuperarnos.

Sobre una mesa auxiliar había un libro, tenía un separador aproximadamente en la mitad, no pude evitar ver el título “La soledad de los números primos”, apenas lo recordaba lo hacía leído hace unos años. Hacía una hora que habíamos salido a dar un paseo aprovechando el fresco de esta tarde de primavera, un leve temblor de su espalda me indicó que posiblemente tuviese frío, le ofrecí mi chaqueta, rehusó pero cedió finalmente ante mi insistencia, en ese momento cuando ponía la chaqueta sobre sus hombros, cuando su olor y el ligero calor que desprendía me inundaron, una idea suscitada por el recuerdo del libro visto en su casa me impulsó a decirle más que a preguntarle ¿no crees que somos cómo los números primos gemelos? Siempre juntos, siempre condenados a no llegar a tocarse realmente. Pasé mi mano sobre su hombro y ella apoyó su cabeza sobre el mío, caminamos en silencio hasta su casa.

Sí, te quedas, voy a preparar algo para que cenemos, tenemos mucho que recuperar y no voy a dejar que te vuelvas a alejar de mí.

Más tarde, sentados en unas butacas grandes, cómodas y acogedoras, con una copa en la mano volvió a hablar.

Ya sabes que fue de mi vida, viajé, viví, miré la vida, siempre tuve la sensación de estar tras una ventana viendo pasar esa vida, no era mi vida, las ventanas tras las que probablemente me escondía, eran como las pantallas de cine, no me abrían al mundo, me encerraban en el mío y cuando las lágrimas amenazaban, cuando la tristeza se enseñoreaba de todo y corría gruesas cortinas ante mis ventanas, entonces siempre recurría al ventanuco de mi dormitorio, a la única ventana que ha sido mía, a la única que me dio la vida.

Lloraba, las lágrimas caían mansamente por sus mejillas, no se molestó en apartarlas o disimularlas.

Por eso estoy aquí, por eso he vuelto al pueblo, por ese pobre ventanuco que almacenó mis primeros y mejores sentimientos, por ese ventanuco en el que recogía tus ofrendas, sabiendo que sí, que éramos números primos gemelos. Cuando volví a ver tus regalos de nuevo, perdida la esperanza, condenada a morir sin haber rozado la aventura de vivir lo que mi corazón ansiaba, supe que vendrías, y que no sería necesario mucho más, eliminado el número par que nos mantenía alejados he querido recuperarte. Deberás perdonarme, ya no tenemos edad para desperdiciar el tiempo, menos para ocultar nuestros sentimientos o renunciar a vivirlos. Te quiero a mi lado.

¿Qué puedo decirte?, sí, mil veces sí. Apenas nada tengo que ofrecerte, convertir nuestros números primos en un símbolo de infinito y renovar cada mañana alguna florecilla en el alfeizar de la ventana de tu dormitorio, en ese ventanuco a través del cual te he amado toda mi vida.

Se levando despacio, apoyó la copa de licor sobre el libro que había en la mesita auxiliar, se acercó pausadamente a mí, me tendió sus manos yo ya estaba levantado. Nos abrazamos y antes de darnos el primer beso, susurró a mi oído, nuestro dormitorio, nuestro ventanuco.

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