Relatos 52 08/03/2020

Memorias 2

He vuelto al coche, sigo sin decidir mi destino, los kilómetros pasan rápidos aunque les adelantan mis recuerdos.

La segunda mitad de los años 70 Madrid era una fiesta.

De alguna forma inimaginable había conseguido licenciarme cómo antropólogo, aunque mis mejores notas las conseguía cada noche. Todo era nuevo, apenas había límites. No me faltaba imaginación así que, bien bañado en alcohol, aprendí a disfrutar de todos los frutos prohibidos y fundamentalmente me lo pasé bien.

Pero no todo fueron fuegos de artificio, desde tercero empecé a trabajar como educador de calle en Entrevías, de allí pasé al Pozo.

Se me daba bien trabajar con los más jóvenes, los más desfavorecidos.

El primer año lo hice como voluntario, el resto me profesionalicé, lindo eufemismo, seguí viviendo en un piso que era de mis padres y además ellos me sostenían económicamente, la asociación para la que trabajaba apenas podía pagarme un sueldo misérrimo.

Mis desgraciados chicos, cuantos peligros les acechaban, la desestructuración familiar, la pobreza (la de verdad, la que te roe los huesos), un futuro menos que incierto, la incultura, y finalmente la maldita droga. Muchos se quedaron en el camino, a los que no mató el caballo se los llevó por delante el SIDA. Antes de encontrar remedios que atenuasen el dolor por una vida de mierda que los estaba pasando por encima tomé la decisión de plantarle cara cómo mejor sabía, a veces con humor, y siempre acompañando.

En otoño de 1980 Pedro me citó en Viena Capellanes, la cafetería que durante el bachillerato habíamos convertido en nuestra guarida. Fue puntual, como siempre. Estaba fuerte, muy moreno y con el desaliño que recordaba.

Después de los saludos fue directamente al grano, en eso tampoco había cambiado.

Mira chico sé lo que estás haciendo, me gusta y te necesito.

Cuenta conmigo, faltaría más.

No necesitaba que me contase más, ¿desde cuándo me había negado yo a meterme en cualquier charco?.

Dime, ¿Qué necesitas de mí?.

Creo que mi cara debió hablar por mí mucho mejor de lo podría haberlo hecho con palabras.

Estoy trabajando con una ONG. El arqueo de mis cejas le impulsó a seguir hablando. Una especie de asociación que trabaja en países en desarrollo parcheando todo lo que se puede parchear y llegando donde no llegan los gobiernos, concretamente yo estoy trabajando en Sierra Leona. Cerré la boca pero mis ojos seguían hablando por mí. Como te he dicho somos una organización que se financia con donativos de todo el mundo, siempre escasos y una ayuda de las organizaciones de la ONU, tenemos cuatro dispensarios y una pequeña escuela que atendemos un puñado de voluntarios y algunos nativos.

¡Ah, claro!, debes querer que os busque financiación, pues a buen sitio has ido a parar.

No, quiero que te vengas conmigo.

Estás loco.

No tanto como tú pero… ¿qué pinto yo en un país del que no sé nada?, sabes que hablo castellano de chiripa y que mi inglés se quedó en el bachillerato, además vosotros sois sanitarios y yo veo una aguja y me mareo.

Me interrumpió.

Tenemos una escuela en Freetown, naturalmente hay un par de maestros, pero lo que quiero de ti es que hagas lo que haces aquí, acompaña a nuestros niños, ayúdales a crearse una vida digna, y si te parece poco, en este momento quedas nombrado coordinador del programa socioeducativo.

O sea que los maestros que tienes te han mandado a hacer puñetas, no encuentras nadie lo suficientemente loco para seguirte en tus andanzas y se te ha encendido la bombillita. Paso. Me gusta lo que hago aquí y tenemos bastante faena no te vayas a pensar.

Volvió a interrumpirme.

Estoy en Madrid por ti, he venido a rescatarte, no te puedo ofrecer un gran sueldo, en realidad es bastante escaso, pero cobramos en Libras y al cambio es una ventaja, tendrás techo y comida, y sí, cerveza. He venido a ofrecerte algo que aquí seguro que no tienes. Vida.

Argumentó y siguió argumentando, me habló de los niños, de la situación en que vivían… Me desarmó.

Te quiero en enero en el avión, me he permitido traerte un cheque de cincuenta mil pesetas para que lo gastes en todo el material que puedas necesitar, nada de material escolar; que sé yo, narices de payaso de gomaespuma, cartulinas… Por favor tú eres el que sabes lo que puedes necesitar.

No recordaba haber aceptado el reto y él ya lo daba por cerrado.

Tienes que comprarte ropa y calzado adecuados. El mes que viene volveré y te daré el resto de indicaciones, te facilitaré los billetes de avión y algo de dinero de bolsillo.

Media hora después yo aún seguía sentado con la cabeza entre las manos, otra vez me había vuelto a meter en un fregado que me superaba, y este maldito Pedro me había vuelto a liar, me fastidiaba ser consciente de lo bien que me conocía.

Arreglé mis cosas, pasé las Navidades con mis padres, me volví a emborrachar y salí hacia Barajas. Entonces no había vuelos directos así que tuve que hacer escala en Heathrow, de esa parte del viaje no recuerdo nada, minutos después de iniciar el vuelo me dormí, una buena costumbre que aún mantengo. Tuve que aguardar unas horas en el aeropuerto antes de reiniciar el viaje, unas horas soportando las miradas jocosas de casi todo el mundo, pronto caí en la cuenta de que iba vestido como para hacer un safari. Una semana antes había ido a unos grandes almacenes y me había provisto de todo lo que consideraba necesario, no tardaría en tener que desecharlo todo.

El viaje me resultó rápido, salimos al amanecer y llegamos a media tarde. En su aproximación al aeropuerto, el avión realizó un amplio giro que me puso ante una naturaleza poco menos que lujuriosa, un mar plomizo y una corona de nubes sobre las montañas que bordean Freetown.

Te estará esperando una de nuestras enfermeras, se llama Lara y en cuanto la veas la reconocerás, no te preocupes, estudió enfermería en Inglaterra y se especializó en medicina tropical en Madrid, si no recuerdo mal en La Paz, habla un español fluido y será tu sombra hasta que aprendas a moverte solo.

Bendita Lara, sin ella el engorroso trámite de visados pasaportes, autorizaciones varias y recogida de equipaje habría durado una eternidad, pero ella estaba allí, la vi nada más llegar y la reconocí. Era una mujer joven, aproximadamente de mi edad, vestida con un uniforme blanco, el pelo recogido en un mínimo moño sobre la nuca, y aunque he aprendido a valorar otros aspectos muy por encima de este, muy bella, espectacularmente bonita.

Solo después de ver su sonrisa, me habría quedado a vivir en ella.

Vi el papel que sostenía con mi nombre. Asentí con la cabeza, me identificó y se hizo cargo diligentemente de todos los trámites, de los míos y de los de los cajones con material diverso que había traído.

Nos habíamos presentado con un apretón de manos y creo que fui incapaz de decir ni una sola palabra.

Ella se puso a la tarea y con una energía casi impropia, sobre todo, del calor bochornoso que hacía; solucionó todo en lo que me parecieron segundos.

Cuando hubo terminado me miró, ¿nos vamos?. Me dirigió a una furgoneta Volkswagen, que habría hecho las delicias de cualquier surfero. Estaba habilitada como ambulancia y para transporte. Se sentó en el lado del conductor y arrancó con la misma energía que había actuado hasta ese momento.

Ahora trato de encontrar una explicación que se me ha negado durante años, no pude dejar de mirarla hasta que llegamos al atraque del ferry que nos llevaría hasta Freetown, ella tampoco habló. Sé que pasamos por varios pueblos, pero apenas reparé en ellos, ni en la exuberante naturaleza que en otra ocasión me habría deslumbrado.

¡No pude dejar de mirarla!.

El trayecto en ferry fue algo más lento de lo esperado y ya no me quedó más remedio que hablar. Hicimos una presentaciones más extensas, y ella en cuanto terminó me explicó que durante los próximos días estaría cerca de mí que me ensañaría todo lo que debía saber, que aunque era enfermera en el dispensario de Freetown le habían dado una semana para que me ayudase a integrarme, aunque me acompañaría durante el tiempo que fuese necesario y no estuviese trabajando.

No se me ocurrió nada menos inteligente que decirle que tenía un bonito nombre. Se sonrió, y comentó que se lo había puesto su padre por la protagonista de la película Doctor Zhivago, aunque ella prefería que su nombre hiciese referencia a una deidad protectora de la familia. Una leve cura de humildad me coloreó la cara.

Su padre había sido un miembro destacado de la élite funcionarial al servicio de la colonia, debido a su edad, al llegar la independencia siguió colaborando con el gobierno pero se jubiló rápidamente. Falleció hace unos pocos años.

Recuerdo que pasamos por la avenida Wilkinson Road, nos desviamos un poco y fuimos a parar a una casa colonial de una planta con un inmenso y desastrado jardín. Parece que esa sería mi residencia mientras durase mi resistencia.

Entramos con la furgoneta en el jardín y me asaltaron media docena de tipos muy parecidos a mí dando gritos y riendo a carcajadas. Vaciaron la furgoneta, Lara me sujetó por el brazo para impedirme bajar mientras me hacía un guiño. Alguien había puesto una cerveza helada en mis manos, la bendije.

Ella, durante cuánto tiempo sería ella, me dijo que el ritual era acercarnos a Lumley beach, sentarnos a mirar la puesta de sol y beber unas cuantas cervezas más. Reconozco que poco a poco conseguí entrar en razón y dejé de observar constantemente a Lara, eso me permitió disfrutar de una playa preciosa y un atardecer… en realidad se hizo de noche de repente, se ocultó el sol y el cielo se pobló de estrellas, más tarde me explicarían que en las zonas próximas al ecuador esto era lo que pasaba, del día a la noche y de la noche al día sin transición.

La cerveza, el viaje, Lara, las emociones ante un nuevo mundo y no sé cuántas cosas más me recordaron que mi cuerpo tenía límites.

Pedí retirarme, ni siquiera sabía dónde dormiría.

Cuando llegamos a la casa me indicaron el baño, lo necesitaba perentoriamente, la cocina, y mi cuarto, lo compartiría con otro voluntario un chico más joven que yo, pelirrojo, escocés, marchó un mes después de mi llegada.

Salí del baño y ella estaba parada frente a mí, rubito mañana a las siete te recojo, hay que hacer los deberes.

Me jodíó la noche, ya no pude dormir más que un sueño agitado en que ella me llevaba de la mano.

Recordar esa noche me ha devuelto a la realidad, ni siquiera sé en qué provincia estoy pero tengo que parar, necesito un baño como esa primera noche, pero aún más necesito un café, no puedo dejarme arrastrar por los recuerdos.

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