Relatos 49 06/12/2019

Ventanuco

Fue a finales de verano, ese día ambos supimos que nos separaban, por lo visto ya no éramos unos niños tú volverías a la escuela y yo empezaría a acompañar a mi padre al campo, las tareas eran muchas y todas las manos venían bien. No lo entendía, creo que ninguno de los dos lo  entendimos, ¿qué tenía todo eso que ver con nosotros?. Aceptamos el hecho cómo quien acepta una condena irremediable, no nos volvimos a ver.

En la parte de atrás de tu casa, justo donde estaba tu habitación había un ventanuco (a ventana no llegaba) que siempre permanecía cerrado con una contraventana de madera. Que el ventanuco diese al camino que llevaba a la acequia y la fuente donde tanto habíamos jugado alivió mi pesadumbre.

Unos días más tarde de nuestra forzada separación tuve que ir por agua a la acequia, bajo tu ventanuco crecían unas margaritas blancas y cómo vi que tenías la ventana abierta arranqué un par de flores y las deje en el alfeizar, a la vuelta el postigo estaba cerrado y las margaritas habían desaparecido. A partir de ese momento buscaba cualquier pretexto para pasar frente a la ventana y comprobar si estaba abierta, en ese caso siempre llevaba en los bolsillos algún pequeño presente que ofrecerte, sabía que tú lo recogerías y sabrías que eran regalos hechos por mí con algo que aún no sabía que era amor. Así fui dejando hojas secas del castaño de indias de la plaza, unas chapas de refresco que había ganado jugando con otros niños y que a mí me parecían artísticamente modeladas, plumas, guijarros de extraños colores y flores, muchas flores. Había días en que mis pequeños regalos volvían a casa en mis bolsillos tu ventanuco permanecía cerrado, otros días me veía obligado a inventar regalos porque cada vez que pasaba se me iluminaba el corazón al verlo abierto.

Mi madre no dejaba de sorprenderse de que siempre estuviese dispuesto a ir por agua a la fuente de la acequia y a mi padre le tenía aún más sorprendido mi interés en llevar a nuestro burrillo a beber a esa misma fuente. Deberían haberse dado cuenta de que todo eran pretextos para pasar cerca de ti, aunque no te viese te sabía ahí y saber que mis regalos te llegaban era una humilde pero inagotable fuente de felicidad. A pesar de los años transcurridos recuerdo la vez que descubrí, creo que era en febrero, que junto a la fuente crecían unas violetas salvajes, estuve tentado de cortarlas todas y formar un ramillete que dejar en tu ventana, recordé de inmediato la vez que te enfadaste conmigo cuando arranqué unas cuantas amapolas para regalártelas, así que corté una sola y la dejé donde siempre, había tenido suerte, el ventanuco seguía abierto, me prometí a mí mismo que para la siguiente primavera habría cuidado tan bien la mata de violetas que te podría regalar un pequeño ramo sin que te enfadases.

Así pasaron los años, tal vez no lo sepas pero me convertí en un hombre reservado, nunca quise saber que había sido de ti, había comprendido que el dolor que me atenazaba el pecho podía ser también tu dolor y preferí marcharme del pueblo, trabajé mucho, estudié algo y no conseguí olvidarte en ningún momento.

Ahora vuelvo más a menudo por el pueblo, de ti apenas he sabido que sigues viviendo en la que fue la casa de tus padres, he vuelto a pasar por el camino de la acequia implorando que el postigo del ventanuco estuviese abierto y lo estaba. Llegué ayer y he traído una rosa, la he dejado en el alfeizar junto a una canica que guardaba de cuando éramos niños y he seguido hasta llegar a los avellanos de la rivera, se agradece el fresco en estas tardes calurosas de finales de verano. A la vuelta he visto que no estaban ni la rosa ni la canica, el postigo continuaba abierto y había un dulce casero, debajo un papel con unas pocas palabras, “Ven el café está recién hecho”.

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