Relatos 43 28/07/2019

Días.

Un día.

Había entrado al bar cómo tantos otros días, era casi una parada obligada para tomar café.

Es un bar de pueblo, antiguo de esos en los que sólo se toma café, vino o “pisquitos” de ron, sólo lo frecuentábamos los del pueblo alejados de la vorágine del turismo que comenzaba a colonizar nuestra tierra.

Le vi nada más entrar, estaba solo y bebía de forma compulsiva mientras fumaba un cigarrillo tras otro, le observe durante bastante tiempo, intuí que algo malo pasaba por su cabeza, se levantó del taburete y se balaceó cómo los marineros que pisan tierra tras un largo periodo en la mar, me acerqué.

– Hola Paco ¿Qué te pasa hombre?, te estás pillando una buena.-

– Hola don Enrique, estoy jodido.- Hablo con una voz pastosa, sus ojos vidriosos, con un desaliño impropio de un joven cómo él.

Le conocía desde hace muchos años fui su profesor de literatura durante varios cursos, un estudiante mediocre, tal vez esa no era la palabra, simplemente uno de tantos estudiantes que no destacan especialmente por nada, pero un buen muchacho.

– ¡Anda!, no seas melodramático, ¿Qué te pasa?-

– Me muero don Enrique, me estoy asfixiando.-

– ¡Por Dios!, no digas barbaridades.-

-Tengo que hablar con alguien, necesito hablar con alguien y en esta puñetera isla no puedo hacerlo con nadie.-

– Mira, vente a casa y te preparo un café cargado, seguro que en cuanto enfríes la mosca que llevas ves las cosas de otra manera, y si te apetece puedes hablar conmigo.-

Tardamos mucho tiempo en llegar a casa, su paso era vacilante, y no abrió la boca una sola vez. Se derrumbó más que sentarse en una de las butacas del salón, le preparé un café, esperé a que decidiese si quería hablar.

Bebió su café de un trago y pareció recomponerse. Las ojeras delataban que había bebido demasiado, tal vez debería haberme dado cuenta que eran la señal externa de algo más, me mantuve en silencio.

– Usted es marica, perdón don Enrique, quiero decir homosexual.-

No pude evitar una sonrisa condescendiente que interpretó como una invitación a seguir hablando y le pedí que me tutease.

– Usted es diferente, usted me entenderá, usted me tiene que entender.- Me dijo casi en tono de súplica. – Me caso, en unas semanas me caso y eso va a acabar con mi vida.-

Aún pensaba que estaba hablando con un joven que se había emborrachado y que sólo necesitaba poner en orden sus ideas.

– Supongo que con tu novia de toda la vida.- afirmé. La conocía, había sido alumna mía durante años, una alumna aplicada, trabajadora, responsable, buenas notas y muy interesada por la lectura, habíamos tenido varias conversaciones durante los cursos en que coincidimos y habíamos mantenido conversaciones fuera del aula, recuerdo haberla recomendado alguna lectura. El año que hizo COU perdimos el contacto, yo dejé el instituto y me dedique a la escritura en exclusiva, un regular éxito de ventas de mis dos primeros libros, un poemario y una novela me hicieron tomar la decisión.

– Es una buena chica, muy inteligente y muy guapa, seguro que es una buena elección.-

– Ha sido la elección de mi vida, la quiero cómo no podía imaginar que se podía querer, no me imagino mi vida si no es a su lado.-

– Chico, pues si la amas cómo parece, no veo el problema.-

– Pues los hay y muy gordos.- Casi gritó. – Yo soy marinero cómo mis padres, cómo toda mi familia, no hay nada en el mundo que me produzca mayor felicidad que salir a África a la costera de sardinas. Nunca fui buen estudiante y si dejé el instituto fue para hacer lo que más me gustaba, para entrar en un mundo donde podía ser yo sin tapujos, el mar y yo.-

– ¿Cuál es el problema?-

– El problema es que en cuanto me case voy a tener que dejar la mar, voy a trabajar en su empresa.-

– Pero por favor, eso no es un problema, seguro que si ella te quiere tanto a ti cómo tú a ella lo entenderá y consentirá en que sigas siendo pescador. Me parece que esto es una tormenta en un vaso de agua.-

– No tiene usted ni idea, además hay algo más grave, algo peor que ni a usted le puedo contar.-

Rompió a llorar, lo hizo de una forma tan evidentemente dolorosa que no pude evitar ponerme en alerta, me acerqué y pasé un brazo sobre su hombro, me rechazó con energía, con rabia.

Le ofrecí otro café y cuando volví de la cocina vi como bebía de una de las botellas del mueble bar. Se me quedó mirando, sé que me veía pero su mirada me traspasaba, se miraba a sí mismo, avancé hacia él con el café en las manos. Inesperadamente se arrojó en mis brazos, apoyó su cabeza en mi hombro, el café y la taza cayeron al suelo pero no hice ni un solo movimiento y… me besó.

Me beso en los labios cómo yo recordaba que besé por primera vez a un hombre, y no pude evitarlo le devolví el beso. Permanecimos abrazados algunos minutos, reconozco mi estupor, había perdido toda mi capacidad de reacción.

Me separó de él con un empujón y salió corriendo de la casa sin decir una sola palabra. No hemos vuelto a vernos, si nos hemos cruzado en alguna ocasión, siempre me ha rehuido, un par de veces en que le resultó imposible desaparecer se mantuvo lo más alejado posible de mí, con la cabeza baja y un tenue bermellón tiñéndole la cara.

Años después, no muchos, supe que se había suicidado y de hacer caso a las comidillas de los pueblos, era incomprensible, tenía una vida feliz, era el cincuenta por ciento de una pareja perfecta.

Otro día.

Normalmente el verano y el otoño han terminado por convertirse en las estaciones del año más tediosas, pero este año han cambiado un poco las cosas, tengo un nuevo vecino, algo mayor que yo.

Parece un hombre solitario, no es muy hablador, pero al menos no cae en lugares comunes y con él puedo hablar de literatura y música.

Es un tipo raro, a veces desaparece dentro de su casa durante días, la mantiene a oscuras y sólo se escucha música, es de gustos musicales eclécticos.

Hablamos de vez en cuando y reconozco que me resultan agradables esos momentos de charla distendida, además no le importa abordar cualquier tema por dispar que sea, aunque parece que tiene algunas resistencias a hablar de su intimidad, me da la impresión de que podría utilizarlo como personaje en alguna de mis novelas.

Las escribo a pares, son novelas cortas y he adquirido el hábito de trabajar en dos a la vez, rarezas de escritor dice mi editora.

A base de observar la vida a mi alrededor con un interés casi entomológico he terminado por convertirme en una especie de fisgón, claro que hay cosas que resultan muy difíciles de ocultar, menos si no se pone empeño en ello.

Últimamente ella visita a mi vecino con bastante asiduidad, incluso pasa alguna noche en la casa, no creo necesario explicar nada más.

Me sorprendo a mí mismo pensando cómo un verdadero asno retrógrado, “anda con el viejo verde, y parecía una mosquita muerta”, desecho el pensamiento de inmediato. Yo que he tenido que sufrir durante décadas la maledicencia, las miradas traicioneras, las insultantes risitas, cuando no el insulto directo, repito el patrón en cuanto algo sale de mi normalidad, me avergüenzo de mí embrutecimiento.

Otro día más.

Hemos terminado por intimar, ahora entiendo algunas de sus actitudes.

Hoy hemos bebido un par de botellas de vino y después de poner el mundo no sé si en orden o patas arriba, hemos hablado de nosotros mismos.

Le he contado mi vida cómo creo que no se la había contado a nadie, mi época de estudiante en la Universidad Complutense, el descubrimiento de mi homosexualidad reprimida y la asunción plena de la misma, mis amores y desamores, mi época cómo profesor y sobre todo mi actividad cómo escritor a tiempo total.

Se ha interesado mucho por el proceso creativo, hemos llegado a la conclusión de que no hay estándares válidos, que en contra de lo que sostiene algunos autores de renombre, no hay un método, bueno en lo que si hemos coincidido en que a escribir se aprende escribiendo, así que la única herramienta que tiene un escritor es el trabajo constante, concienzudo.

De él he sabido escasas cosas sobre su vida anterior, me refiero a esas cosas que parece ser que son las que interesan a la mayoría de la gente, trabajo, familia, etc.

Ha preferido hablar de sus sentimientos, de cómo se ha refugiado en la isla huyendo del dolor, de los dolores… Ha llegado a decirme que lo único que busca ya es preservar sus sentimientos alejado del resto de seres humanos, que no le malinterpretase, creía en la amistad y en el amor pero había llegado a la conclusión de que había algo en lo que se equivocaba; nunca salió bien ni una amistad ni un amor, que tenía el corazón destrozado aunque funcionando y no estaba dispuesto a que un último desengaño terminase por matarle.

Le he respondido que eso casaba poco con la relación que, a todas luces, estaba manteniendo. Pidiéndole disculpas por ser tan entrometido le recordé que desde hace algunas semanas no se tomaban la molestia en ocultar las muestras de cariño. Le recordé, entre risas de los dos, que la semana anterior, desde mi huertecillo les había visto haciéndose algo más que arrumacos en una de las hamacas, y cómo tuve que hacer un ruido forzado para alertarlos.

– No se confunda, en esa relación hay de todo menos amor. Desde la más primitiva necesidad de afecto, hasta la ternura más exquisita. De alguna forma esta relación, cómo usted la llama, es fruto del azar y la necesidad, nos satisface a los dos pero ambos sabemos que no podremos enamorarnos y que si eso pasase todo terminaría y no lo queremos. Pero disculpe que no profundice más en este tema, no me gusta hablar de ella sin su presencia.-

– Bien dicho, si me da unos minutos me acercaré en un momento a casa, tengo una botella de Ron viejo que reservaba para una ocasión especial, esta lo es.-

Cuando he vuelto algo había cambiado, sus ojos de un azul intenso tenían un color desvaído, debajo de esos mismos ojos ahora aparecían unas ojeras oscuras y en la boca, casi imperceptiblemente se apreciaba un rictus compatible con un dolor o un sufrimiento incalculable.

– ¿Le pasa algo, puedo ayudarle?-

– Por favor, en la mesa de la cocina hay un neceser con medicamentos, si me lo puede acercar.-

Corrí hacia la cocina y pude escuchar cómo en un intento por hacerse escuchar, con un grito que no fue tal, me pidió que trajese agua. El temblor de sus manos era ostensible, apenas podía coger las pastillas, intenté ayudarle pero negó con la cabeza. Tomó sus pastillas, cerró los ojos y permaneció así durante casi media hora. Evidentemente no me moví de su lado, no sabía muy bien que hacer, pero entendía que no podía dejarle sólo. Abrió los ojos y preguntó por ese Ron viejo.

– No debe preocuparse por lo que ha visto, tengo una enfermedad terminal, todas son terminales pero esta parece que es la definitiva, no sé cuánto me queda pueden ser meses incluso años, pocos evidentemente, pero la única certeza es el dolor. A veces es transitorio cómo hoy, otras tarda días en desaparecer. ¿Sabe usted? Excluidos los analgésicos, el único paliativo que tengo para mis dolores, para todos, es ella. Si tuviese menos años, algo de salud y sobre todo un corazón no tan destrozado, la amaría.

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