Relatos 41 05/07/2019

48 Horas más

Es un día soleado, pero aquí en julio, cuando los Alisios chocan contra el Risco de Famara se condensa una niebla espesa, húmeda, fría a estas horas de la mañana.

No he salido del coche, algo dentro de mi cabeza me ha pedido que acelerase, una sonrisa ácida ha retorcido mi boca, hace apenas tres meses esa habría sido mi intención, lo fue en algún momento. Saltar del vacío al vacío, acabar con todo, ahora no tiene sentido. Hace una hora la doctora me ha dicho que es cuestión de tiempo, que esta aparente mejoría es transitoria, que la aproveche, que los dolores volverán y serán los últimos. Suena el móvil, es ella, está preocupada, sabía que tenía consulta esta mañana a primera hora y le alarmaba no tener noticias mías, la he despreocupado.

– Estoy bien. Parece que estoy algo mejor así que he aprovechado para dar un paseo, ya sabes que me gusta… Sí, claro podemos comer juntos… mejor en casa… vale trae tú la comida.-

Hace mes y medio que mantenemos una relación que podría llamarse estable, dos o tres veces por semana quedamos para comer o cenar, otras simplemente se presenta en casa sin avisar. Cuando el dolor y mis limitaciones lo permiten hacemos el amor, no se me ocurre otra forma de llamarlo sin caer en la ordinariez, al menos hacemos lo que hacen los hombres y las mujeres cuando su piel se lo reclama, hoy no será diferente.

Antes de que la insistente vocecilla siga importunándome, decido dar media vuelta. Me gusta conducir. Compré un herrumbroso todo terreno que me permite andar por caminos por los que mis piernas ya no me permiten transitar. Daré un rodeo por el malpaís de la Corona, me gustan estos días en que la niebla expulsa a los turistas, creo que no me cruzo más que con un par de coches. Aprovecho, paro en la carretera y me siento en una de las rocas volcánicas.

Todo está aparentemente vacío, pero cuando fijo mi atención puedo ver cómo la vida se abre camino, como empieza a colonizar, a reclamar lo que un día fue suyo; alguna planta, insectos y una pequeña lagartija estática absorbiendo los escasos rayos de sol.

Me desconcierta, yo tratando de huir de una vida que se me escapa, y la vida abriéndose paso en una lucha casi desesperada, ¿qué es lo que he hecho mal?, ¿qué no he entendido?.

Más abajo, puedo distinguirlo con claridad, hay una plantación de chumberas, han sabido adaptarse, deben ser más inteligentes que yo, ni siquiera ellas optaron por la soledad.

No hay bares en la carretera, escojo un camino de vuelta que me lleva por pueblos pequeños, olvidados, no saben la suerte que tienen.

A la entrada de uno de ellos hay un bar con un par de mesas en el exterior así que decido parar a tomarme un café.

Casi de inmediato se para a mi lado un pastor, es un hombre viejo, en sus manos y en su cara está escrita la historia del mundo, la piel curtida y las arrugas profundas.

Unas cuantas cabras triscan entre las rocas, ramonean algo, no me puedo imaginar qué. Un cabritillo está subido en una barca volteada y bala llamando a su madre que acude solícita y le acerca su ubre.

Nos saludamos y le ofrezco acompañarme, está claro que las cabras no tienen a donde ir. Me acepta un pisco de ron, sonríe y me dice que le viene bien para los huesos.

Hablamos poco, como dos condenados frente al pelotón de ejecución, apenas hay nada que decir ya, todo está a la vista, el pasado con las posibles oportunidades perdidas, el futuro inexistente y un presente que ambos sabemos está empezando a dejar de ser nuestro.

Pago y vuelvo a casa sin prisas, liberado de tener que preparar la comida.

De nuevo el sol se enseñorea del camino y su calidez me reconforta.

Llevo dos días sin fumar ni beber alcohol, todo un record que estoy dispuesto a romper en cuanto llegue a casa.

Al llegar he ido directamente a la habitación, me he quitado la camisa de lino blanca y los chinos beige, he perdido bastante peso, me miro en el espejo y por primera vez en mucho tiempo no veo un despojo humano, me hace gracia, aún conservo rastros de la coquetería juvenil, evito ponerme mis pantalones cortos y la camiseta que debí tirar hace tanto tiempo, me pongo un bañador y bajo descalzo a la piscina. Antes, al pasar por el salón bebo de la botella un trago de ron y enciendo un cigarrillo, escojo una botella de vino blanco y la pongo en el frigorífico, está sorprendentemente lleno, siempre lo está desde que ella decidió hacerse cargo de la intendencia. Poco a poco ha ido conociendo mis gustos y no faltan ni los alimentos básicos ni esas pequeñas cosas que nos endulzan la vida pese a ser prescindibles, o tal vez por eso. Tomo un trozo de queso curado de cabra que voy masticando hasta llegar la piscina.

Me despierta un beso en la frente. Abro los ojos poco a poco, temo que me deslumbre el sol, temo que me deslumbren sus ojos. Se sienta a mi lado y me tiende una cerveza helada.

– Duermes cómo un bebé, me encanta verte dormir.-

– A mí me encanta que me despiertes con un beso y una cerveza.-

– ¿Comemos?. He preparado un sancocho de pescado y no quiero que se pase.-

Comemos y tomamos la botella de vino, se ha sentado a mi lado y no ha dejado de poner su mano sobre mi muslo, he notado su necesidad de sentir mi piel. En un momento ha pasado su mano por mi cara y me ha dicho que era muy guapo pero que debería afeitarme, seguro que estaría más guapo, las risas han debido de oírse en todo el pueblo. Ambos hemos sido el postre del otro, un postre de un suave dulzor, de esos que se comen sin glotonería. He bebido de su boca y de su sexo.

Su cabeza reposa en mi pecho acaricio se pelo castaño con alguna mecha más clara, las primeras veces que lo hice me dijo que no la gustaba que la tocasen, algo ha cambiado, juguetea con el pelo de mi pecho mientras me mira con sus ojos color de olivina, en su mirada que aún conserva un deje de tristeza se adivina algo parecido a la ternura.

– Es tarde, tal vez deberías marcharte.-

– No hoy no, nada es tan urgente como tenerte.-.

Su mano baja por mi cuerpo y provoca mi deseo, a su mano le siguen sus labios, en un movimiento instintivo aprieto su cabeza contra mi vientre.

Dormimos, me despierta su calor, dolor precordial, dificultad para respirar, el dolor vuelve, necesito levantarme y la despierto. Me mira y lo sabe, se levanta y aun desnuda va a la cocina, sabe dónde están las pastillas, me trae un par además de una jeringuilla y un vaso de agua, no me habla me atiende solícita, sus manos acarician las mías, el dolor desaparece y vuelvo a respirar con normalidad.

Se tumba a mi lado sabe que no puede presionar mi cuerpo, al menos por ahora no.

El viento arrecia decidimos entrar al salón, me ofrezco a preparar algo para cenar, algo ligero, un arroz hervido, una ensalada, algo de queso…

– Sí, claro que me sigue gustando el picante, en la despensa hay salsa.-

No le gusta verme fumar y no puede evitar un gesto de desagrado, lo ignoro. Descorcho una nueva botella de vino mientras comienzo a guisar, cenaremos en la cocina, es amplia, agradablemente decorada en un falso estilo rústico muy conseguido.

Ha decidido pasar la noche conmigo, no te pienso dejar dormir me ha dicho mientras guiñaba un ojo, he puesto algo de música, Jazz, apenas escucha otro tipo de música, nada de lo que un día me trajo, demasiados recuerdos, jamás le había prestado atención al Jazz, hace unos días me dio las gracias por descubrírselo, ha demostrado un gusto musical cultivado, prefiere el Be Bop, en general el más clásico, aunque poco a poco, en sus visitas aumenta sus expectativas y ya ha traído algún disco que me ha sorprendido.

Hemos tomado la última copa de vino en la cocina, casi de un sorbo, nos hemos arrellanado en los sofás, uno enfrente del otro, para mi sorpresa ha cogido un cigarrillo y ha empezado a fumar.

No hablamos pero nos miramos fijamente. Hemos acabado con los cigarrillos y todo el alcohol que teníamos a mano. Me levanto, camino despacio hacia la cocina, al pasar a su lado rozo su mejilla con mi mano. Cuando vuelvo me siento a su lado, apoya su cabeza en mi hombro y creo adivinar sus ojos húmedos, no los levanta y me susurra ¿sabes que te quiero?. No respondo pero con mi brazo la atraigo hasta mí, minutos después se sume en un sueño profundo, con cuidado deposito su cabeza sobre uno de los cojines y salgo al jardincillo a fumar un cigarro.

El viento se ha calmado, la temperatura invita a disfrutar de esta noche sin luna, una voz muy cercana me sobresalta

– Buenas noches… ¡bella mujer!.-

– Más de lo que pueda imaginarse.- Contesto antes de girarme hacia la voz. La he reconocido casi de inmediato. Es mi vecino, un tipo extraño, poco común, hemos hablado en algunas ocasiones, poco más allá de saludos corteses y alguna frase intrascendente, sólo una vez mantuvimos una conversación un poco más larga, yo llevaba en mis manos el libro “El maestro y Margarita” de Bulgakov. Había salido al jardín a recogerlo para dejárselo a mi casera que me esperaba en el interior.

– ¡Curioso libro!.-

– Ya apenas leo, si a acaso releo clásicos y algunos otros que me hicieron sentir algo especial.-

– ¿Pero Bulgakov?-

– Ya ve, me gustan los autores “malditos”, los libros que fueron algo más que un parto, que rompieron con todo.-

– Lo leí hace tiempo, me parece que está sobrevalorado.-

– Cuestión de gustos, a mí me ha interesado su forma de afrontar las diversas dicotomías a las que nos vemos sujetos los humanos, por ejemplo entre la cobardía y la valentía, pero sobre todo me gusta su triunfo final del amor.-

– Pues en el sofá tiene usted a una Margarita cómo la del libro, liberar al amado, amor triunfante sobre todo, dioses y demonios, y por encima de la pasión, paz.-

– Me interesa la historia de nuestra Margarita, tal vez podría contármela algún día.-

– Le esperan, ahora lo único razonable que dos hombres pueden hacer es dar un trago.-

Me giré hacia él, apenas podía distinguirle.

– Si le gustó el ron del otro día, aquí tengo un poco.- Dijo mientras me acercaba una petaca, para mi suerte llena hasta el gollete.

Bebí un trago largo, reconocí el sabor y el aroma, era un ron de la tierra, dulce y fuerte. Bebimos sin hablar, solo cuando pareció hacer un intento de marcharse me dirigí a él.

– ¿Le parece buen momento para contarme la historia de nuestra Margarita?-

– En realidad es una historia bien simple, la vida es más simple de lo que parece. Ella es una chica del pueblo, heredó de sus padres unas tierras y varias viviendas que administra, usted vive en una. Se enamoró con toda su pasión de otro joven del pueblo, pescador hijo de pescadores, un buen chico. Se casaron, el dejó la mar, su mar, la sangre que corría por sus venas, y se dedicó a la explotación de la hacienda de su mujer. Todo parecía ir bien, ella estaba radiante se diría que vivía en una especie de Arcadia feliz. Él también lo parecía, pero siempre le noté un algo extraño en la mirada, y un maldito día se fue hasta el risco de Famara y se lanzó al vacío.-

– Supongo que tendría en la mirada lo mismo que a veces se ve en los ojos de su mujer, o tal vez debiera decir su viuda.-

– Puede que sí, no lo creo. Pero bebamos.-

Evité decirle que conocía la historia pero que sospechaba que me ocultaba algún dato significativo, así que bebimos, vaya si lo hicimos, no nos despedimos, yo dormí la borrachera en una de las tumbonas y el desapareció.

Me despertaron las primeras luces del amanecer, el sol apenas se levantaba sobre el mar, ella continuaba dormida, plácidamente a juzgar por la expresión de su rostro. El sueño debía ser agradable sus labios finos esbozaban una sonrisa, o yo creí verla. Durmió hasta tarde, para cuando despertó yo ya estaba duchado, vestido y con el desayuno preparado, unas rebanadas de pan con aceite y queso fresco de cabra con algo de pimentón por encima, una cafetera bien llena y un zumo de naranja generoso.

Estuve tentado de ofrecerle un Bloody Mary, al tiempo que le recordaba que es la mejor bebida para la resaca, me reí por dentro de mi simpleza y mi mal gusto.

Estuve observándola durante un buen espacio de tiempo, no, definitivamente no, no volvería a pasar, ya no tenía ni tiempo ni ganas, ni fuerzas para abrir una herida sobre otra sin cicatrizar.

Se levantó, apenas desayunó, fue al baño donde se recompuso y se marchó dándome un beso. Hoy no podré verte, te llamo y si quieres quedamos mañana a cenar.

Terminé de desayunar, recogí la cocina y me dispuse a disfrutar de un día de absoluta tranquilidad. Después de un baño reconfortante me tumbe en una de las hamacas, no había previsto tener algo de leer a mano así que cerré los ojos.

Dios mío y si volvían a asaltarme los recuerdos y si volvía la vida, tuve miedo. Ese pensamiento y un lejano aroma a jazmín; ¿de dónde podía venir? pero si aquí no hay jazmines, si ni siquiera es temporada; hicieron que se activase esa parte del cerebro que nos acecha callado, en la sombra y salta sobre nuestro cuello cuando menos lo esperamos.

Otra vez ella, no he podido dejar de amarla, no es su memoria, no son los recuerdos, siento el amor como algo presente, correría a su lado si me reclamase, si siguiese en mi mundo, si no estuviese a galaxias de mí, físicas y emocionales. Posiblemente el dolor que me produce su imagen ha desencadenado el dolor físico. Me refugio en el sofá, cierro todas las cortinas, sumido en la oscuridad tomo las pastillas, no me hacen efecto, recurro a uno de los parches de morfina, finalmente duermo durante horas, duermo un sueño agitado, febril, siempre la imagen de su espalda alejándose, siempre buscando en su cara que no veo un gesto, un guiño…

Cuando recupero la consciencia es noche cerrada, ¿así pues, esto era lo que me esperaba este día?.

Estoy empapado de sudor, sobre la mesita un frasco medio vacío de pastillas, tengo que tomar el resto de la medicación, en el móvil, varias llamadas inatendidas. Escucho un coche parar ante la casa y entra con los ojos llorosos, con cara de terror, casi me grita.

– Creí que te había pasado algo.-

– No Margarita, simplemente he estado un poco mal y he dormido profundamente.-

– ¿Cómo que Margarita?. Yo no me llamo Margarita. ¿Quién es esa?, ¿es con la que sueñas cada noche?.-

 – No cielo, es una historia muy larga, tiene que ver con un libro, no me hagas caso, ya te lo contaré, estoy muy confuso.-

Diligente, aliviada, se le nota mucho, me prepara un caldo y arregla mi cama, me trata con el mimo que se trata a un niño, me acuesta, me sirve una taza de caldo, besa mi frente y me pide que duerma. Lo hago hasta el día siguiente.

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