Relatos 39 02/07/2019

Zapatos

La he visto venir por el bulevar abajo, toda vestida de blanco, sus pies parecen no tocar el suelo. Le sonríe a todo el mundo, acaricia la cabeza de un niño mientras le hace un gesto de complicidad a un anciano sentado en un banco de hierro. Me ha dado dos besos y se ha sentado frente a mi. -¿Dónde está ese café?-. Miro embelesado sus labios mientras habla sin cesar, intercala alguna risa estruendosa que me saca de mi ensimismamiento. Apenas tengo unos minutos, siempre tiene prisa, siempre corriendo tras una vida que parece eludirla, siempre sin saber que ella es la vida. Me cuenta no sé qué cosas, he leído, he escuchado, voy a… ¿quedamos esta noche?. Bueno tal vez nos veamos ya sabes por donde ando.

Se levanta, me abraza y todo el mundo se torna verde y su olor a limpio, a jabón antiguo me aturde, pega su frente a la mía cierra los ojos, roza mis labios con los suyos y para cuando abro los ojos ha desaparecido, de lejos me llega el sonido de su risa y un adiós arrastrando la última s.

Me siento y pido algo con hielo, recuerdo todo de ella, el blanco de su camisa y sus pantalones, el sujetador negro que asoma entre los botones, un sencillo colgante que acentúa su cuello de cisne, un reloj demasiado grande para su muñeca y una pulsera callejera hecha de trapos de mil colores. Aún puedo verla a lo lejos, su pelo suelto mecido por el aire. Sólo hay una cosa que no recuerdo ¿llevaba zapatos?. Me obsesiona la idea, ¿cómo he podido pasar ese detalle por alto?. Siempre se queja de sus pies, a mí me parecen hermosos, a ella siempre le duelen. Zapatos de aguja, o tal vez sandalias, ¿y si fuesen unas simples zapatillas?. Tengo la sensación de que no precisa calzado para caminar, parece flotar, nunca me he fijado en sus zapatos, cuando sus pies han estado en mis manos nunca he sospechado que los precisase. Saco un cigarrillo de la cajetilla, se ha llevado mi mechero, renuncio a fumar.

Le escribiré una nota que dejaré en su casa, la pasaré por debajo de la puerta, me gusta ese juego de ruleta en el que nunca sé si llegará leerla. Sí, alguna vez si he sabido que la había leído, pero que tonto eres, que cosas me escribes, voy a tener que dejar de quererte…, otras el mutismo más absoluto. La vida retoma sus colores naturales, me levanto y camino siguiendo el rastro de su olor, buscando sus huellas para poner los pies donde han estado los suyos, al llegar a la altura del anciano sentado con cara de haber descubierto la razón de la vida, imito el gesto de complicidad de mi gorrión. Debe ser el sol y la fugaz presencia casi imaginada de la mujer, de mi pajarito, por un momento creo ser feliz.

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