Relatos 38 27/06/2019

48 Horas

Cuando el dolor deja de ser una pose, cuando deja de ser una licencia poética, el miserable recurso de los pusilánimes.

Cuando el dolor se hace real y se instala en tu vida como una lúgubre sombra que todo lo tiñe, que todo lo emborrona, que te deshumaniza.

Justo en ese momento ha llegado la hora de cerrar el libro mayor, toca recapitular. Esa es ya la única tarea trascendente. Cortar amarras, arrojar lastre e iniciar el viaje a sabiendas de que será el último, el definitivo. Fijar la esperanza en un punto indefinido entre la renuncia y el imposible olvido.

No es difícil, primero un pie, después el otro. Tal vez sólo sean precisos unos pocos pasos. Tal vez un ligero pero definitivo cambio.

Otras veces deberemos poner océanos y continentes de por medio.

Kilómetros.

Como si setecientos kilómetros no fueran suficientes.

Tiene que ser un rasgo de mi carácter.

Como desde hace tanto tiempo, otra vez he vuelto a escoger la opción más descabellada, la que no soluciona nada. Al menos esta vez no me culpabilizaba, ni sentía el regusto ácido, amargo, bilioso de la cobardía. Me iba porque me iba. No hay vuelta atrás.

Tomar la decisión no me fue costoso, marcharme menos.

En unas horas lo preparé todo. Llené la maleta de la ropa imprescindible, alguna fruslería de la que no quería separarme y media docena de libros.

El Quijote que heredé de mis padres, su Rayuela y otros cogidos casi al azar.

También cogí uno de mis relojes, no lo necesitaría pero su presencia en mi muñeca me recordaría el tiempo, otro tiempo.

Con el resto de mis pertenencias, mis adorados libros y discos, hice unos magníficos paquetes y fueron al trastero. Sé que los rescatarán, seguirán vivos.

Apenas estabilizado el vuelo, pedí una copa de vino y una botella de agua, tomé mi medicación, la punzada del dolor, ese amigo inseparable que se había instalado en mi vida de forma definitiva se agudizó, miré por la ventanilla, apenas se veía otra cosa que unas nubes de un blanco lechoso, ni siquiera había tenido ocasión de echarle una última ojeada desde el aire a mi ciudad.

Los analgésicos, cada vez más fuertes, cada vez menos eficaces, esta vez fueron benévolos.

Dormite no sé si unos instantes o unas horas. Me desperté sobresaltado, un movimiento brusco del avión. Por la ventanilla se veía un mar plomizo en contraste casi alarmante con el azul del cielo.

Tomamos tierra sin novedad, pedí un taxi al que di la dirección, en unos segundos todo volvió a ser nuevo.

La casa me gustaba, no era muy grande, pero si con muchos espacios abiertos y sobre todo muy luminosa. Corrí las cortinas, el efecto de los analgésicos ya apenas atenúa mi dolor.

Atendí las escuetas explicaciones de la que sería mi casera y rogué porque marchase, necesitaba tumbarme, cerrar los ojos, fumar un cigarrillo.

La botella de ron que había comprado en la tienda libre de impuestos del aeropuerto vino en mi ayuda.

Cuando desperté ya era noche cerrada, no sentía dolor, pensé unos momentos en eso, cuando lo habitual es no sentir dolor, sentirlo nos alerta, cuando el dolor es nuestro hábitat, su ausencia casi nos asusta.

Debía cenar, apenas había comido nada en todo el día, mi casera, previsora me había dejado una pequeña cesta con alguna comida, fruta y una botella de vino. Pasé unas lonchas de bacon por la sartén, puse encima una loncha de queso y prepare un bocadillo, encendí con desgana un reproductor de música que hay en la cocina, agradable sorpresa, un disco de Michel Camilo.

Abrí la botella de vino, estaba poniéndome de buen humor, para cuando terminó de sonar el disco, el bocadillo era una historia improbable y aún me quedaba media copa de vino. Subí a la habitación, me descalcé y dormí un sueño sin sueños, ni siquiera antes de caer vencido por el sueño tuve tiempo de pensar en nada.

Mi imprudencia nocturna había dejado las cortinas abiertas, un rayo de sol se acostó conmigo y su calor me reconfortó, pero cuando su beso llegó a mi cara me despertó.

La boca pastosa, la incomodidad producida por haber dormido vestido sobre la cama me recordó el exceso.

Preparar café, tostar algo de pan duro del día anterior y aliñarlo con aceite, dejarlo todo sobre la mesa, sólo un somero sorbo de café amargo. Me encontré con fuerzas suficientes para salir al exterior, un pequeño jardín de arena negra, algunos cactus y unos floridos geranios, muy cerca de la piscina un murete que cerraba la propiedad y la separaba de un viñedo con vides resecas.

Me senté en una de las tumbonas de plástico y comencé a pensar en la intendencia, debo hacer una compra suficiente que me permita mantenerme aislado en la casa el máximo de tiempo, comida, pero sobre todo bebida; debo revisar las medicinas, he traído una buena provisión, pero no me gustaría tener que salir sólo para comprar medicinas.

Antes debería revisar la casa, en realidad sólo conozco el salón, la cocina y el dormitorio que se encuentra en una especie de torreón sobre un lateral del salón, y la casa parece mucho más grande.

En la tienda me he encontrado con mi casera, es una mujer joven, no especialmente atractiva, unos interesantes ojos de un color indefinible, y algo triste en la mirada.

Ha sido muy amable, me ha dado la impresión de que no lo hacía por nuestra relación, simplemente es que debe ser una de esas personas siempre dispuesta a ayudar.

De camino a la farmacia le he ofrecido tomar un café, hemos hablado un buen rato, se ha ofrecido a traerme un cajón con muchos discos, dice que de lo más variado, que ya no los usa.

He aceptado y con una excusa absurda me he vuelto a casa.

He notado en los últimos días que me tiemblan las manos, sobre todo cuando el dolor se agudiza, al abrir el frasco con las pastillas han caído todas al suelo, no me he molestado en recogerlas, lo apremiante era meter en mi boca un par de ellas y refugiarme en cualquier rincón oscuro a esperar que amaine la tormenta.

Mi último recuerdo es la añoranza de su pecho, ese refugio en que cobijaba mi cabeza, después me he dormido.

Me he despertado sin dolor, suficiente motivo para estar alegre, he buscado música, tan sólo hay cuatro… cinco discos, ninguno de mi gusto, así que he repetido el de Camilo, espero que me traiga ese cajón de discos, además necesito hablar con ella, hay diversas cosas que conviene aclarar, y bastante información que necesito, me daré un baño, tengo alguna hora por delante hasta que me traigan la compra.

Suelo juzgar las viviendas y a sus inquilinos por las toallas, soy dueño de mis rarezas, no me avergüenza, las toallas de esta casa son suaves, mullidas, eso me habla bien de mi casera, perfectamente planchadas, dobladas y con un suave perfume. Desde luego no es de los que se ponen en la lavadora, más bien parece de esos que provienen de un saquito de flores olorosas, buscaré en los armarios, seguro que aparecen bolsitas por todos los lados.

Me ha sacado de este pensamiento el saludo rudo de un hombre, mi vecino, al parecer el dueño de las vides, las cuatro vides, llamar viñedo a esas plantas es un ejercicio de grandilocuencia.

He respondido a su saludo, y cuando esperaba un discurso agrario, estaba apoyado sobre el mango de una azada, se ha descolgado con un discurso sobre la mala conexión inalámbrica que sufrimos en la zona.

– Espero que tenga fibra, así al menos en casa podrá estar comunicado.-

He agradecido la información y he hecho una pregunta de mera cortesía sobre las vides, difícil terreno para las viñas.

– No se preocupe usted, las viñas me importan un pimiento, enredo por aquí sólo por desentumecerme, me paso días enteros sentado delante del ordenador.-

– Yo también lo hacía, es agotador, cien informes, mil formularios, un millón de cartas, y así cada día -.

– ¡Ah no!, yo es que soy escritor.-

Es de imaginar mi cara de estúpido, un labriego transmutado en experto en redes, cambiado en un oficinista, y resulta que al final era un escritor, me lo notó. No debió extrañarle, debía haberle pasado bastantes más veces. Intercambiamos algo más de información intranscendente, quedamos en que me facilitaría alguno de sus libros y nos despedimos.

Un muchacho muy joven y muy educado me ha traído la compra que realicé hace unas horas, salvo los congelados no he colocado nada, aún no tengo hambre, estoy cansado, al menos el dolor parece ignorarme, creo que me sentaré en una de las tumbonas, hay alguna colchoneta forrada precisamente en la que está justo debajo de la sombrilla.

Me pondré mi uniforme, pantalones cortos desgastados por el uso y una camiseta básica con un dibujo del estado de Uthah, lo que queda de él, es cómoda pero creo que ya no va a conocer la lavadora, en cuanto me la quite la tiraré, lo haré por enésima vez.

Mi vecino ha desaparecido así que he decido echarme en la tumbona, afortunadamente la que está bajo la sombrilla tiene puesta una fina colchoneta. Me he acomodado lo mejor que he podido, el dolor sigue respetándome, pero hay una molestia sorda, insidiosa que se niega a abandonarme.

De inmediato he cerrado los ojos, algún pajarillo ha entonado su canto, por la cercanía del sonido debe haberse posado en el cactus que está más cerca de mí. Debe haber sido eso, lo que ha desencadenado mis recuerdos, cómo si estos necesitasen desencadenantes.

Mi cabeza ha vuelto a situarse en apenas hace treinta y seis horas, me he visto a mí mismo, en realidad he visto la escena como si se tratase de una película.

Acababa de comprar tinta para la pluma y deambulaba por la calle Preciados, apenas podía sortear la inmensa cantidad de gente que parecía haber decidido ir en la dirección contraria a la mía.

Nos vimos, fue un segundo pero nos vimos, yo la vi, aguanté la mirada una fracción de segundo y vi cómo me veía. Ambos bajamos la cabeza, la levanté de inmediato, no pude verla, había desaparecido, me quedé quieto no podía mover un músculo y lo comprendí todo.

Yo seguía estando donde estaba, seguía en el mismo vagón de tren en que comenzamos nuestro viaje, y de repente ella no estaba, el vagón no era el mismo, el mío estuvo siempre en una vía muerta y cuando quise darme cuenta ella ya estaba en otro tren en otros pueblos por delante de mí, seguía avanzando, seguía su camino sin mirar atrás y yo que había creído estar en el más seguro de los caminos, simplemente estaba donde había estado siempre, me había quedado en el amor, me había quedado en mi amor; y puesto que este es un sentimiento que además de transitivo requiere reciprocidad, tuve la sensación de no haberme vuelto a enterar de nada.

Definitivamente, y en contra de lo que he sostenido siempre, ya sé que no voy a aprender, podría maldecir de mi suerte o de mis decisiones pero hastiado de estar harto dejé que el mundo siguiese corriendo y me mantuve a pie firme, este no era mi mundo.

Agotado por el desamor, exhausto por nadar siempre contra corriente, verdaderamente aburrido de mi ingenuidad, de creer en la supuesta magia de la vida, y ahora roto por el dolor físico decidí marcharme, romper con todo, saltar del tren.

Me hizo gracia, es fácil saltar de un tren parado, entre la sonrisa y la mueca de dolor, di media vuelta y cuando llegué a Callao paré un taxi.

Abrí los ojos, el pajarillo se había marchado y el disco que puse hace tiempo había dejado de sonar.

Era una piscina exterior, no podía sospechar que estuviese climatizada, así que el baño fue reconfortante.

Aún soy omnívoro, puesto que tenía que comer si quería que las pastillas no terminasen por agujerearme el estómago, decidí asar una pieza de carne, tendría una comida caliente y lo que sobrase lo tomaría frío como fiambre, aderecé una ensalada de canónigos con queso feta y aceitunas negras, fui generoso con el aceite, no debería haberla aliñado, para cuando la carne esté hecha, la ensalada será incomestible.

Abro una botella de vino blanco, malvasía del país. Un par de copas al día, pasar de esa dosis es un riesgo, ¡ja!, volví a poner el disco, ¿me encontrarían? pocas personas sabían dónde había venido a parar y a todas les había pedido discreción, sabía que de nada serviría, no he traído ordenador y he desinstalado todas las aplicaciones de mensajería y redes de mi móvil.

Es curioso, de camino del aeropuerto, sin venir a cuento me han dicho que el sitio donde se suicida la gente es desde los riscos que hay en Famara, ¡qué descabellado!, se lanzan a pelo o en coche, los cadáveres se recuperan, los coches se mantienen como dramático recordatorio, al parecer es casi imposible recuperarlos.

Tras unos segundos pensando en los pobres desgraciados que tomaron esa decisión, mi mente ha ido a esos testigos mudos que son los esqueletos de los coches suicidados, o ¿sería mejor decir asesinados?.

Dios mío, estoy liándome yo sólo, esto de la diletancia me lo voy a tener que vigilar.

He comido. La carne aceptable, la ensalada un fiasco. Después de tomar las pastillas me he tumbado en uno de los sofás, he vuelto a dormir casi de inmediato, me ha despertado el olor del café recién hecho. No he abierto los ojos, ella me decía, me gustas más que el café bebido, y yo la creía y pensaba que la vida me había hecho el mejor regalo, sentí una arcada de rabia, abrí los ojos. Ahora se escuchaba otra música, creo que es un disco de principios de los años 80, de Jon y Vángelis.

– Perdone, le he visto tan a gusto descansando que me he tomado la libertad de hacer un poco de café y de poner algo de música, además el vecino me ha dado un par de libros para usted, ¿sabe que es escritor?.-

Se estaba ruborizando por momentos, puse la mejor de mis sonrisas, le agradecí todo lo que hacía por mí, le pedí que me acompañase, aunque lo disimulé diciéndola que quería hacerla algunas preguntas.

Serví los cafés siguiendo sus indicaciones, dulce, le gustaba muy dulce.

Se acomodó, movió sus piernas, no pude dejar de mirarlas, aunque retiré la mirada de inmediato. Llevaba un vestido sencillo, con flores y sin mangas, me llegaba un perfume suave, no era perfume, debía ser un agua de colonia, muy floral, pero suave.

Hablamos, al principio de las cosas más diversas y sin transición de nosotros mismos, era sagaz, ¿de quién o de qué huye, por qué ha pensado que este sitio sería un refugio?.

Faena de aliño y he comenzado a preguntarle sobre ella. En un momento sus ojos se han llenado de lágrimas, al parecer su marido un joven del que estaba enamorada hasta las trancas, era uno de esos de los que me habían hablado que saltaban desde el acantilado. Estaba yo para que me recompusiesen desde los cimientos y me veía obligado a usar todos mis recursos para salir del trance y para intentar atenuar un dolor que sabía imposible de curar.

Se recompuso como pudo, no desde luego gracias a mi ayuda, quedamos en charlar en algún otro momento, ella se excusó por abusar de mi amabilidad y aduciendo que oscurecía se marchó.

¡Me cago en la leche que me han dado!, ¡estoy bien jodido!, el dolor ha vuelto, han vuelto todos los dolores. Mis pastillas me ayudarán, eso espero con los físicos, pero los otros no sé qué hacer con ellos, y ahora la carga del dolor de esta mujer.

He tomado las pastillas con un trago de ron, no he encendido las luces, apenas están encendidas las del jardín, deben ser automáticas. Me he quitado las sandalias y me tumbado en otro de los sofás, este parece más cómodo, hay unos cojines mullidos, cómodos, con el mismo olor de las toallas, lavanda, huelen a lavanda.

He cerrado los ojos pero no he conseguido dormir, me he recordado a mí mismo caminando lentamente por Nueva York, abrigado aunque no siento frío, añorando mi tierra, otro viaje para evitar otra pérdida, otro desconsuelo, no sé dar portazos apenas puedo caminar lentamente, recuerdo haber querido pedir algo tan elemental como una caña de cerveza y un pincho de tortilla, me recuerdo prometiéndome que jamás volvería a caer, que si nadie pensaba que el amor es como yo lo siento, mejor no volver a intentarlo.

Inevitablemente he vuelto a pensar en ella.

Ya tengo los discos, hay varios vinilos y el giradiscos parece funcionar, he escogido uno de Chet Baker de 1954, Boston, corro peligro de caer en la melancolía, suena My Funny Valentine, no podría escuchar otra música en este momento.

¿En qué momento dejé de importar, cuando dejé de interesar ni cómo recuerdo?, ¿por qué no tuve la dignidad de fingir que ya no era el que era y que me iba?. Al final mi vida se diluyó entre sus dedos, ya no había posibilidad de rescatar nada del naufragio, otra vez había sido yo, me había quedado quieto cómo creí debía hacerlo… no, no quiero analizarlo, no me he rendido, simplemente he renunciado, ya no quiero nada de los demás, apenas quiero nada de mí mismo, son tan solo 48 horas y necesito tiempo, pero la decisión está tomada.

Hace fresco, por las puertas que dan a la piscina entra un aire incómodo, me levantaré a cerrarlas aprovechando que tengo que ponerme la inyección, quien no ha pasado por esto no lo sabe, ponerse una inyección es el acto que mejor manifiesta la soledad.

Me doy pena, de nuevo siento un cansancio fundamental, tal vez me equivoqué, tal vez nunca supe amar, ya no será necesario aprender.

Me hago daño con la jeringuilla de un solo uso, unas gotas de sangre corren por mi brazo, bebo vino directamente de la botella y mientras me tumbo en el sofá recapitulo sobre los dos últimos días, no hay esperanza al menos nada espero, salvo que el dolor no termine por destruirme.

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