Relatos 33 23/03/2019

Pirata

               Podría haber embarrancado en tierra de una forma algo más gloriosa, haber conquistado un gran botín y haberme retirado a tierra, justo al lado del mar, tal vez podría haber sido vencido por la flota de cualquiera de los reinos que me la tenían jurada. No pudo ser, los embates del océano, la mala vida y las mareas terminaron trayendo el pequeño esquife, ni barco era, que tenía por toda propiedad, hasta esta orilla de la vida, justo al lado de un pequeño espigón semiderruido.

               Durante algún tiempo me limité a ver como se sucedían las olas, el tiempo ya carecía de importancia, la vida tampoco tenía mucha.

Apareció un día, y volvió a aparecer cada día, no se acercaba a tierra, costeaba, alguna vez le veía adentrarse en el profundo mar de color de mercurio, y yo, hombre de mar, capitán pirata al fin y al cabo, empecé a sentir preocupación por ese pequeño barquichuelo, Desaparecía algunos días, volvía a aparecer con girones en las velas cien veces remendadas, alguna vez hubo en que vi como traía roto el palo mayor, o desgajada una cuaderna. Me puse con los restos de mi bote a reparar el puerto, hice una buena obra, sabía cuál era su destino.

Un día apareció en la bocana, llamar a eso bocana es algo grandilocuente, pero estaba ahí, amarró el barco, saltó a tierra y cruzamos una palabras. De inmediato supe que la persona que tenía ante mí era un ser especial, dotado de unas cualidades que yo no podía abarcar. Tuve que ofrecerle el abrigo de mi puerto y mis ya diestras manos para reparar su barquito. Así unos días viéndolo navegar en la lejanía, otros remendando una vela, o simplemente mirando juntos el mar mientras bebíamos, fraguamos lo que yo inocentemente creí que era una amistad serena, pero plena.

Nunca pasaba mucho rato en tierra, la reclamaban sus ocupaciones, y la atención permanente al barquito que ya había empezado a considerar casi como mío.

Después de unos meses, volvió cada día a mi puerto, algunas veces se le notaban los destrozos causados por las tormentas, otras parecía flotar sobre las olas y atracaba en mi puerto llenándolo de alegría.

Pasaron muchos más meses, al final después de tantos meses de cuidados hechos con mimo, el barquito parecía nuevo. Me dijo que debía volver a hacer singladuras más largas, que su hogar era el mar y debía volver, pero que volvería, al fin me debía todas las reparaciones, al fin sabía que no le cobraría jamás por ellas. Marchó, y volvió y marchó, y tuvimos que hacer reparaciones nuevas. Una mañana, inesperadamente me dijo que debería ir pensando en cuanto tendría que cobrar por mis reparaciones, es posible que alguna vez no regrese, le contesté que si es que había algún otro puerto seguro en la costa. Creo que fue consciente de que mi puertito era su único puerto seguro. Por supuesto le dije que a su regreso encontraría a la puerta del taller, una hoja clavada con los precios. No quería discutir, y no sabía cómo explicarle que yo tenía la impresión de que quien estaba en deuda era yo, un viejo capitán pirata, un superviviente de cien batallas, de mil tormentas había encontrado la paz con el olor de la madera y de la brea, que mi mejor paga era ver como ese barquito valiente se marchaba cada día, aun sabiendo que podría no volver jamás, pero es que nunca había sido mi barco, no tenía ningún derecho sobre él, el saber que superaba las más duras galernas era suficiente pago para mí.

Naturalmente clavé el papel con los precios en mi puerta. Por reparaciones del trapo, y aquellas que solo tienen carácter estético, un abrazo. Por las que afectaban al casco y requerían un trabajo de varios días, un beso o dos te quiero. Si esta vez la galerna había hecho grandes destrozos, de esos que casi te obligan a reconstruir de nuevo el barco, un te amo.

Se me quedó mirando, juro que vi una lágrima furtiva, una navegante experta como ella no podía permitirse desfallecimientos. No dijimos nada, nada había que decir, asintió con la cabeza, se giró y marchó. Yo me quedé solo en lo alto del espigón viendo cómo se alejaba, quise que el mar que me había quitado tanto, que la vida que había sido tan desatenta me la devolviese sana y salva, pero algo en mi interior se rebeló y quise que su singladura fuese dura y tuviese que pagarme con un te amo.

Ya ha anochecido, debe estar mar adentro, la noche está en calma chica, quien me iba a decir que los capitanes piratas también lloramos. Despacio como si no quisiera alejarme del mar, fui volviendo a mi casa, que ironía mi hogar ya estaba a un buen número de millas mar adentro. Abrí una botella de ron.

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