No ficción 3 22/03/2019

Viaje

Supongo que para el común de los mortales no pasa de ser una frase literaria. En mi caso es real, muy real, no es la primera vez que lo siento. El dolor me atenaza el estómago.

De nuevo una llamada urgente, montar en el coche, apretar el acelerador y los dientes, me duelen las mandíbulas, me relajo.

Me urge llegar, deseo llegar antes de que se haga la noche más oscura. Me temo lo peor, conduzco como un autómata. Quiero llegar, por Dios, al menos que llegue a los pies de su cama, que pueda rozar con mi mano su brazo, su cara. Deseo que abra los ojos, que me reconozca y vea la sonrisa en mi cara, no será forzada.

La presión en el estómago se acentúa, siento náuseas. Recuerdo a Sartre, nos definen nuestros actos. Estoy haciendo lo correcto.

Tengo que parar, intento vomitar pero no lo consigo, me apoyo en el quitamiedos, levanto la cabeza.

Es como un cuadro impresionista una colina cubierta de cereal, y justo enfrente de mí, en medio del mar verde un manchón, un brochazo del rojo más intenso. Tardo en individualizar las amapolas.

Algo cambia, debo retomar el viaje, respiro profundo. Conduzco, pero ahora sin ansiedad, llegaré, lo sé.

A través de mis ojos, mi cerebro se inunda de flores de retama y jara. Se alejan los malos pensamientos, el dolor de estómago se atenúa.

Noto la presión suave de la mano amiga, de la mano amada sobre mis manos. Tengo ganas de cerrar los ojos. Llego

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