Relatos 31 06/02/2019

            Es un hombre maduro, no viejo, todavía le falta bastante para poder ser considerado como tal, en realidad parece más joven de lo que realmente es. Posiblemente se debe a su actitud vital, todo le parece nuevo, a todo se acerca con espíritu abierto, ávido de conocimiento, nada le parece nimio o fútil. Habla mucho, y reconoce que se equivoca mucho, pero aprende y rectifica. Siempre dispuesto para un rato de charla, o para trabajar, sobre todo si es en algo novedoso.

            Comparte despacho conmigo, nuestras mesas están enfrente una de la otra, por lo que no puedo evitar estar viéndole durante unas horas cada día, y esto ya desde hace muchos años. Desde hace algún tiempo, ahora no sería capaz de decir cuanto, he venido observando algunos cambios en el.

Creo que la primera vez que me di cuenta de que algo estaba pasando fue el momento en que fui consciente de que faltaba algo, y que esa falta me producía desasosiego. Levanté la cabeza y no pude ver su rostro, daba la impresión de ocultarse tras la pantalla del ordenador, pero no era su imagen lo que echaba en falta, eran sus palabras, de repente me di cuenta de que prácticamente no hablaba desde hace días. Por supuesto seguía dando los buenos días, o diciendo alguna trivialidad, pero apenas decía nada fuera de las frases adecuadas de estricta cortesía, o las relacionadas con el trabajo más inmediato.

Me sorprendió, no le dije nada, y seguí observándole durante un largo rato, tuve la impresión de que se había vuelto transparente, supe que no estaba allí.

Lo intenté todo, primero con un chiste fácil, después con una referencia al nuevo programa que el mismo había propuesto hace unos meses y que posiblemente se iniciaría en breve, no obtuve respuesta más allá de algún monosílabo y alguna frase evasiva. Recurrí a lo que consideraba como mi gran último recurso, algo que con el nunca había fallado

  • Estoy hasta las narices, si no me tomo un café ahora mismo, se me va a morir la última neurona, ven y te tomas un té.

El té nunca me había fallado, se lo tomaba por litros, además se jactaba de ser un conocedor, cuantas veces habíamos tenido que soportar su charla sobre las cualidades antioxidantes del té verde, o cualquier otra cosa por el estilo. Posiblemente por eso me extrañó que al llegar a la cafetería, se adelantase y pidiese el, según él, infame té que yo tomaba, y para el, un café con leche. Cosas como estas son las que nos revelan que algo que se nos escapa, pero que debe ser verdaderamente importante, está sucediendo, así que decidí ir directo

  • ¿Se puede saber que te pasa?, y no te andes con rodeos ni evasivas.
  • Me parece que el jefe nos va a montar el numerito, si quieres que te cuente lo que me pasa, creo que voy a necesitar todo el día.
  • Sea, por las horas que le regalamos y no tiene la delicadeza de agradecernos.
  • Pues bien, pero permíteme que te pida que no me interrumpas, y que, en cualquier caso me dejes contártelo como me apetezca. Cuando termine podrás hacerme las preguntas que quieras.

Como sabes, el último puente marché al pueblo, apenas hacía frío, paseé mucho, en uno de esos paseos terminé sentado en un pequeño prado, casi sin darme cuenta empecé a juguetear con la hierba, de repente vi que estaba rodeado de violetas, mínimas, pero de un maravilloso color, y una fragancia que me transportó a mi infancia. Me recordé a mi mismo correteando por un prado idéntico a aquel mientras mi padre recogía un ramo de violetas para mi madre. Era ayer, y hoy debería estar recogiéndole yo para otra mujer.

Tu me conoces, sabes que detrás de esta fachada, que detrás de los chistecitos y la sonrisita a todo el mundo, suelo pensarme bien las cosas, bueno, bien no se, pero mucho sí. El caso es que desde ese momento no paro de darle vueltas a mi vida y, creo que tengo que cambiar bastantes cosas.

Pero no pongas esa cara, ya se que has caído en lo fácil, envidiando siempre mi soltería, ¿cuántas veces he tenido que aguantar tus bromitas?, que bien vives ladrón, tu casa, tu música, tus partiditos por la tele sin mujer ni niños que te molesten, y tus ligues, aquí te pillo, aquí te mato, y si te he visto no me acuerdo. También se que, en cuanto me daba la vuelta, solíais añadir lo de “hay que ser un gran egoísta para vivir como este tío, nada de asumir riesgos, nada de compromisos, así ya podrá…”

Cierra la boca y, si decides mantenerla abierta, que sea para pedir otro café.

Mira, si he vivido como vivo, no ha sido por egoísmo, reconozco que ahora ya estoy acostumbrado, y que posiblemente me resultaría difícil cambiar ciertos hábitos, pero yo no elegí esta vida por egoísmo, en realidad creo que lo hice por todo lo contrario. Hace mucho tiempo, supongo que a la misma edad que todos, tuve novia, y creo que la amé, hicimos planes de futuro y, por razones que no vienen al caso, lo estropeé, además de la peor manera, haciéndola un daño que no he conseguido perdonarme. Tanto miedo tuve de volver a hacer daño con mi amor que no he vuelto a amar aunque, eso si, he hecho el amor con todas las mujeres que se me han puesto a tiro. De alguna forma creí que mi obligación era repartir mi afecto entre todo el mundo y, ya ves, por no tener, no tengo ni amigos, bueno tu si, pero un solo amigo, y al que solo veo fuera del trabajo cada quince días para ir al fútbol, me concederás que no es como para tirar cohetes. Respecto a lo de las tías, y vas a tener que tolerar que sea políticamente incorrecto, pues si, echaré más polvos que un casado pero, recordarás la otra noche cuando cenasteis en casa, ¿sabes como enfrié la mosca?, me puse a limpiar, después me abracé a un cojín y me dormí en el sofá. Claro que podría haberme ido de copas, alguna habría caído, pero no necesitaba sexo, necesitaba alguien que me considerase suyo, que me abrazase con cariño. Yo que se, no pienses que me ha dado un ataque de morriña, o de lirismo, es algo más serio, posiblemente por que lo percibo como algo descargado de dramatismo, tengo la sensación de haber jugado mis cartas, haber ganado bastantes manos, pero haber perdido alguna de las que duelen.

Respecto al trabajo, no nos ha ido mal, pero ¿dónde quedó la alegría?. Lo que hacemos, lo hacemos bien. Tú y yo sabemos que no es esto, no es esto, nosotros no queremos estar aquí. Acabo de decidirlo, en cuanto acabemos, subes al despacho y le dices a esa especie de encargadillo de oficina del siglo pasado que tenemos por jefe, que no me espere, que me envíe el finiquito a casa, y mis cosas me las recoges tú. No tengo ni idea de lo que voy a hacer, pero esto se acabó, no se los años que me quedan por vivir, pero quiero vivirlos de otra manera, está decidido.

¿Quieres hacerme alguna pregunta?.

–   Bueno creo que solo hay una pregunta que puedo hacerte ahora, ¿te recojo el domingo para ir al fútbol?.

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