Relatos 30 26/03/2019

Ella huele bien, es un olor elegante. ¿Sabes?, a veces me recuerda al olor de los maquillajes caros, otras a maderas nobles. Es un olor maduro, ligeramente dulce, invita a la tranquilidad, me gusta olerla cuando leo, cuando escucho música, transmite seguridad, confianza. Hay veces en que parece distante, pero siempre está presente, de alguna forma es mi hogar.

Curiosamente no tiene sabor, lo que en principio, no es bueno ni malo, simplemente no tiene sabor. No hay producto cuyo sabor me la recuerde. Pudiera ser que su olor, tan personal, tan elegante, tan atrayente, enmascarase su sabor.

Ella no huele, juro que he intentado olerla, que en su ausencia he olido sus prendas, que he intentado identificar un olor en ella. Jamás lo he conseguido.

¿Olor neutro? Sí, tal vez sea eso. Necesito encontrar una explicación, no soporto la idea de alguien que no huela, aunque sea mal. En realidad, en su caso, la ausencia de olor le transfiere una especie de aura mística. Muchas veces la he imaginado como la estatua de una diosa griega, y ¿acaso el mármol puede oler?

Pero probad sus labios, cítricos, frescos, juveniles. Transmiten vida, siempre están húmedos, no los cuida, ni falta que hace. Sabe cómo una fruta carnosa. Está tan viva, tan presente.

Sus labios sí, de hecho sus labios tienen dos sabores, el cítrico que te golpea justo cuando apoyas tus labios en los suyos, un frescor que te incita a buscar su saliva, entonces es cuando aparece el recuerdo a flores blancas. Es casi imposible separar los labios de los suyos, ella lo sabe, por eso los dosifica.

Oh mi amor, mi dulce, mi tierno mi maravilloso amor, descubrirme a tu lado como en la vieja canción, viejo sin ser adulto, temblando de miedo como una trémula hoja otoñal azotada por el viento, cercana ya a desprenderse. Miedo a que finalmente te desvanezcas, tú que eres la vida, tú que eres quien le da sentido, y que ya no me quede nada, ya no querré nada.

Pero si hay un sentido que me inclinó a ella fue su voz. ¿Puede la voz tener tanta calidez, decir tanto con un simple cambio de entonación, era su voz, o lo que yo escuchaba?. Si cierro los ojos aún puedo sentirla, una voz dulce, envolvente, firme. Ahora no puedo escucharla pero la reconocería entre la de una multitud.

Ya, ya lo sé, que alguien en vez de decir los ojos diga, “lo ojo”, solo muestra su origen geográfico, pero ella cuidaba su forma de expresarse, sabía el valor que tenía. Cuando decía “lo ojo”, sabía que era mía, que atendería a mis demandas y terminaríamos haciendo el amor. Cuando decía “lo ojo”, yo sabía que habían caído todas las murallas, las dudas, los miedos, que estaba dispuesta a entregarse de la forma más plena que he conocido.

Es ahora cuando me envuelve la oscuridad de la noche, cuando no puedo verla, cuando más presente la tengo, cuando la añoranza se enseñorea de mi insomnio y la añoro, y quisiera quererla menos, quisiera poder ser objetivo, ya sólo me va quedando un recuerdo sepia. Que oscura es la noche sin sus dudas, sin su pasión, sin su amor.

Ella era joven y me hacía joven. Una palabra suya, un gesto, unos minutos sin escucharla me producían una desazón rayana en el delirio, al instante siguiente su melodiosa voz, capaz de los matices más sugerentes me devolvía al amor, ¿qué escucharé ahora?.  Había un mundo que era solo suyo, pero que yo intuía, a veces me dejaba ver algo, otras flotaba como un indeseable fantasma entre nosotros. Me arrastraba como un torrente a un barco de papel, sus corrientes, sus remolinos, sus calmas eran los míos. Me hizo niño, pero no me infantilizó, recuperé la locura y sufrí y amé con desesperación. Más debería haberlo hecho, ahora, cuando ya nada importa, cuando los negros cuervos revolotean a mi alrededor y me preparo para despedirme de una vida que dejó de ser mía hace tanto tiempo, una punzada en el estómago me interroga ¿por qué no la amaste mejor?.

Su andar felino, sus silencios, cuanto hablamos en silencio, ¿Quién callará ahora a mi lado? Y siempre la vorágine de los sentimientos que con exquisita elegancia desencadenaba, y desaparecía y fingía desapego, y cuando más desvalido estaba, saltaba sobre mí, y con un ¿sabes? o un oye, volvía a dar orden al universo.

Ya no es mía, nunca lo fue de nadie, muchos creímos que la poseíamos, pero nunca fue más que suya, A mí, me dejo creer que la poseía, fue magnánima mientras pudo, ¡ay ese endiablado mundo suyo!, ¡ay mis incapacidades!.

Pudieron más las tormentas. Optó, decidió que ya estaba bien, que tenía una vida por vivir y se fue, y se llevó mi vida, no se lo reprocho, ya se la había dado yo previamente. No pude, no supe o no quise ir tras ella, yo que le había enseñado a abrir todos los candados, a derribar muros, a soltarse las ataduras, tuve que dejarla partir.

Pensé reclamar lo que creí me correspondía, sabía que no tenía derecho, y al fin perder no se me da tan mal, solo que esta vez ya no he tenido tiempo ni ganas de recuperarme, seguramente ni posibilidad. Sus dudas, sus miedos me hicieron dubitativo y miedoso. Sin embargo sé que me quiso, a su manera me quiso, tal vez no fue el amor como el poderoso vuelo del águila, pero ¿acaso el suave aleteo de las mariposas no es vuelo, y más sutil?. Me quiso y me tuvo, ella que parecía una diosa, casi incorpórea, supo ser carnalidad, pasión y me volvió más hombre, y me reconcilié con el mundo, y volví a estar vivo, y a querer construir un nuevo mundo para los dos.

4 comentarios sobre “Relatos 30 26/03/2019

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s