Relatos 29 25/03/2019

Cacharritos rotos 2

Cobardes, os odio.

En el fondo del cajón de los juguetes rotos estábamos mi jarrita amiga y yo, hacía tanto tiempo que no nos separábamos que sólo muy de vez en cuando recordábamos el mundo de juegos y niños riendo. Habíamos construido nuestro pequeño mundo, y si bien aún no habían aparecido las sonrisas, al menos las lágrimas eran menos causticas. Nuestra proximidad nos devolvía parte del calor que nuestro dueño nos negó.

Pero allí, en el fondo de la caja, justo en el rincón donde jamás llega la luz, descubrimos que había otros juguetes. Sorprendentemente, algunos intactos, cierto que entre otros muchos casi destrozados. Nos sorprendió su inmovilidad, ¿Qué podían hacer allí juguetes en tan buen estado?

Huían de la luz, del contacto con los demás juguetes y desde luego, del contacto con los niños, que, cada vez más de tarde en tarde, nos demandaban.

Recuerdo un perrillo automático al que le fallaban sus automatismos, no podía menear la cola ni las orejas, menos emitir el gracioso ladrido metálico que había escuchado en muchas ocasiones. Como luchaba por ser visto, por ser acogido en las cálidas y tantas veces crueles manos de los niños. Siempre terminaba en el rincón más oscuro.

Pero ellos… pero ellos siempre permanecían inmóviles, y eran ten bellos, algunos aún brillaban. ¿Cómo no recordar la preciosa bailarina?, perfecta, habría sido la envidia de cualquier juguete, con su faldita de tul y sus brillantes colores; o aquel coche, ¡pero si había sido estrella en una película! Y le funcionaba todo, estaba impoluto.

Que horrible corriente de odio se estableció hacia ellos. Se habían rendido, no querían jugar,  se negaban a redimirse, habían preferido la oscuridad, no habían perdido la esperanza, nunca la habían tenido. Querían pasar como uno más entre tanto cacharrito roto, se habían instalado en la infelicidad, en la más egoísta infelicidad, les gustaba estar allí, en la más absoluta oscuridad. Llegamos a despreciarlos.

Sólo una vez vi llorar a la bailarina, me sorprendió y avisé a mi amiga la jarrita, no entendíamos nada, se había abierto la caja y ella aprovechando los movimientos torpes de una mano infantil se había escondido tras el coche que nosotros imaginábamos henchido de orgullo y soberbia.

Hablamos entre nosotros, y si.. y si tal vez… pero no, no podía ser. Tuvimos que reflexionar, y no se piense que eso le resulta fácil a un caharrito, menos si está roto.

Tuvimos que esperar hasta que el azar nos aproximó a ellos, y yo, que al fin me consideraba el más deteriorado y despreciado de los caharritos me atreví a preguntar. Alguna respuesta breve, evasiva, escasa, pero para mí suficiente.

Pobres cacharritos intactos abandonados pese a su perfecto estado, pese a su absoluta disponibilidad. Habían caído al rincón más oscuro porque nunca habían sido queridos, nunca fueros deseados, ellos me envidiaban mis juegos, envidiaban hasta el hecho de que me hubiesen roto, ellos jamás habían tenido ni siquiera esa oportunidad. Les sacaron de sus cajas el primer día, les hicieron alguna carantoña y de inmediato a la caja en la que, muchos completamente destrozados, aún sobrevivíamos, ellos no llegaron casi ni a vislumbrar la vida. No podía odiarles, no les odio, ¿cómo odiar a quien no ha sido querido?. Sí, protestó la bailarina, a mí me tuvo en sus manos y dijo que era muy bonita. Pobre, ella ni siquiera había tenido la oportunidad de tomarle cariño a las manos que me destrozaron, a mi ese recuerdos de sus manos me mantendría con vida aunque que mi existencia ya no tuviese otro sentido.

Ya no les odiamos, pero no pude reprimir un gesto de ira, miré fijamente los faros del flamante coche rojo y le escupí todo mi dolor contenido, ¡cobarde, eres un cobarde!, si no te atreviste a mostrarte al desalmado que me hizo esto y has preferido recluirte en el rincón más oscuro, si no has tenido agallas para encender todas tus luces y reclamar un cariño que no se te daba, ¿por qué nos has rehuido a nosotros? ¿por qué no has compartido tu dolor con los demás?, claro, para ti somos unos pobres tullidos.

Lloré, y esta vez mis lágrimas cayeron sobre la jarrita recompuesta y olvidada. Déjale, él está aquí porque quiere, él ha preferido este mundo, nosotros al menos amamos.

Creo que fue la primera vez que la vi sonreír.

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