Relatos 28 28/01/2019

Podría decir que estaba leyendo, pero aunque tenía el libro abierto ante mí, hace ya demasiados minutos que toda mi atención la tiene la lluvia que cae mansamente.

Me gusta el efecto de luz que producen las gotas de lluvia cuando las ilumina la luz de las farolas.

Ha dejado de llover, y los gruesos goterones que resbalan de esas farolas, al atravesar el haz de luz se convierten en infinitos pequeños brillantes.

Por fin, armándome de toda la determinación de que soy capaz, me levanto, me pongo el abrigo y me echo a la calle.

Apenas se vislumbran unos girones de nubes en esta noche de media luna.

El olor del suelo mojado inunda las calles vacías.

La ausencia se apodera de mi alma.

Algunas hojas secas se resisten a caer, las luces de los semáforos se reflejan en ellas formando un extraño arco iris.

Busco calor en las solapas de mi abrigo, y sigo caminando a ninguna parte, sin esperanza.

Continúo con mi deambular nocturno. La luna no se ve, de nuevo las nubes la han cubierto. El frío de la madrugada se acentúa, al frente una tenue luz ilumina el horizonte. Sigo la máxima que aprendí siendo muy joven, si no conoces el camino, sigue la luz, De alguna casa me llega el olor a café recién hecho, ralentizo el paso. Una pregunta me golpea sin piedad, si cuando me dijiste ven, fui, ¿por qué cuando dijiste que te ibas no te pedí que me llevases contigo? De repente te has convertido en demasiada mariposa para un solo estómago. Las primeras gotas de lluvia mojan mi cara, no las rehúyo, posiblemente con la esperanza que diluyan unas lágrimas que ni quiero ni puedo evitar. Me encamino a casa, algún madrugador ha puesto música, acompaso mis pasos a su cadencia. Paro en un semáforo, hay coches circulando, la vida se despereza. La luz del amanecer ilumina mi espalda, avanzo por la avenida bajo los magnolios, las gotas que vierten sus hojas me empapan, aun así jugueteo distraídamente con mis pies y un pequeño montón de hojas secas, las semillas rojas de los magnolios brillan al recibir un primer rayo fugaz del sol naciente. De nuevo el olor del café me invade, sonrío al recordar tus labios manchados por la espuma del capuchino, y como te los limpiabas con un gesto coqueto de tu lengua, La sirena de una ambulancia me saca de mi ensimismamiento. Rendido, casi sin fuerzas ya, recurro a la escasa voluntad que me queda y busco las llaves en mi bolsillo y subo a la casa que dejó de ser mía en el instante en que dejó de ser nuestra.

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