Relatos 27 27/01/2019

Cacharritos rotos

               Vivir dentro de una caja es soportable, terminas acostumbrándote. A veces un rayo de luz lo ilumina todo, una mano hurga entre nosotros, nos menea sin miramientos y vuelve a salir con alguno de los nuestros. Hace mucho tiempo que eso no me pasa.

               Este es un mundo extraño, casi mágico, y seguramente un poco amedrentador. Muñecas sin cabeza, coches sin ruedas, piezas de construcción, algunos parecen casi intactos. Pero hay uno que me llama la atención, es una pequeña jarra de porcelana, debió caerse y se partió en varios trozos. Está pegada con primor, pero se nota que no volvió a ser la misma, a veces tengo la sensación de que está muy triste.

               A veces escucho su voz, me llegan ecos lejanos y no puedo evitar pensar en tiempos mejores. Fui el regalo estrella, de repente me convertí en el centro de su vida, abandonó al resto de mis competidores, no se separaba de mí. Fueron tiempos dulces, pensé que eso duraría toda la vida, después aprendí que sería temporal, crecería y yo pasaría a segundo plano, pero mi sueño es que me pondría en la estantería entre sus libros, al lado de otros objetos por los que tenía especial devoción. Al menos podría verle todos los días, pero mientras tanto jugaría con el cada día, le haría feliz.

               Recuerdo el día que rompió uno de mis brazos, me dolió, pero lo soporté, era suyo, podía hacer conmigo lo que quisiera. Empezó una, podríamos llamarla tarea de demolición descontrolada. Jugaba conmigo cada día, pero cada cierto tiempo me hacía cosas que me deterioraban. Lo acepté, pensé que era parte del juego, que me estaba haciendo más suyo, además ¿qué importaba yo? Solo me interesaba estar cerca de él, jugar con él. Marchó de vacaciones y no me llevó, sin duda es que no pudo. Cuando volvió me cogió en sus manos y me abrazó, nunca había sido tan feliz. Volvimos a la rutina de juegos, también al maltrato. Cuanto dolor, pero que gustoso se lo entregaba.

Un día, sin saber por qué, posiblemente había recuperado su gusto por otro juguete, me tiró contra el suelo, no entendí por qué, pero fue desbastador, prácticamente me desmontó. Me recogió y me puso en la estantería, no pude evitar sonreír, ¿así que esta era la forma en que se pasaba a la estantería?, ya estoy donde sabía que terminaría.

Empezó a negarme la palabra, nada, no me decía nada, después evitó mirarme, empecé a sentir que me odiaba, que había algo en mí que le hacía daño, me sentí culpable.

Un día amanecí dentro de la caja. Sólo salí en un par de ocasiones, algunos otros niños escogían a alguno de nosotros para sus juegos, intenté recuperar mi fuerza, erguirme, sonreír. Quería que esos niños jugasen conmigo, hubo quien lo hizo durante unos instantes y me rechazó casi de inmediato, lo agradecí, ya no quería jugar y los niños se daban cuenta de que estaba tan deteriorado que no servía para jugar. Había dejado de ser un juguete, mi sitio era lo más profundo de la caja de los cacharritos rotos.

No hay tristeza ni melancolía en mí, dolor sí, un dolor difuso que días como hoy lo ocupan todo. No me dolió el maltrato reiterado, no me dolió el ser relegado, me dolió el olvido, el tener conciencia de que posiblemente sólo había sido un juguete más.

A veces me llegan ecos de su voz, por una pequeñísima abertura incluso le he visto de pasada, trasteando como solía hacerlo conmigo. Son esos momentos en los que agradezco estar al lado de la jarrita rota y vuelta a recomponer. Cuando nadie nos ve, nos abrazamos, y cada uno por sus motivos, dejamos caer lágrimas de porcelana y plástico.

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