Relatos 26 23/01/2019

La estación del Norte

¡La estación del Príncipe Pio!, pero que barbaridad. A nadie del barrio en su sano juicio se le habría ocurrido llamarla de otra manera que no fuese, la estación del Norte. Así con rotundidad.

Me gusta la fachada de la catedral, aunque solo le dediqué unos minutos a admirarla, ya lo había hecho cientos de veces antes, así que sin dilación la bordeé por Trankgasse. A mi derecha la catedral, a mi izquierda las vías del tren. Con paso acelerado me encaminé hasta la orilla del río. Desde allí podía ver la mole imponente de la estación del tren. Siempre me han gustado los edificios industriales.

Algunos domingos suelo hacer el mismo recorrido, siempre termino apoyando mis brazos en la barandilla que me separa del río, justo al lado del puente Hoenzollem. Allí, indefectiblemente mi vista va del agua a la estación. Indefectiblemente también, recuerdo aquel día de 1976.

No fue un buen año. Aunque se empezaba a respirar un nuevo aire, este había adquirido para mí tal densidad que se me hacía irrespirable. No soportaba.. en realidad no soportaba nada, había llegado al hartazgo.

A principios de ese año me enamoré como se enamoran los adolescentes, también lo hice de la persona equivocada, lo que terminaría siendo uso y costumbre en mi vida. Unos meses más tarde, cuando aún no había superado la fase del apasionamiento, tuve que decidir, me pidió que le devolviese su vida y yo con el corazón roto, se la devolví.

Les anuncié a mis padres que me marchaba, había terminado el preuniversitario, nunca fui un buen estudiante, no podía seguir en esta ciudad, en este país.

Les pedí que no me acompañasen, así que anduve unos metros hasta la Plaza de España, encaré la cuesta de San Vicente y en unos minutos me vi en los andenes de la estación del Norte con una bolsa vagamente militar en mis manos, una bolsa donde cabían mis escasos enseres y bastante ropa de abrigo. Hijo mío que en esos sitios hace mucho frío. Ay mi madre y sus letanías, Mira que el abrigo y la merienda no dan contienda.

Busqué en mis bolsillos el paquete de tabaco, topé primero con una caja de fósforos, después con un papel arrugado pese a haber sido doblado con esmero, en el que estaba escrita la dirección a que debía dirigirme.

Había ido con suficiente antelación, así que deambulé por los andenes, me gustan los trenes. Entre máquinas y vagones más propios del siglo XIX, estaba un flamante tren Talgo, el mío.

Sólo recuerdo la última mirada atrás desde el Puente de los Franceses, el engorroso cambio de tren en Irún, y la suave somnolencia que me acompañó durante las largas horas de un viaje que ahora se hace en nada de tiempo.

Sabía que dejaba atrás mi vida, me torturaba alejarme de la persona amada, pero también sentía una especie de infantil orgullo. Las malhayadas novelas románticas me habían hecho creer que estaba dando la mayor muestra de amor, sacrificar mis sentimientos por el bien del objeto de mi amor. Hoy, casi cuarenta y seis años después no puedo evitar el sabor amargo que esa decisión ha hecho permanente en mi vida.

No he vuelto, jamás lo haré, ahora hasta mis padres están enterrados en una suave colina muy próxima a donde estamos, y el recuerdo es tan vivo como el primer día que pisé estas calles, y vuelvo a ser el cobarde al que le faltó valor para coger el siguiente tren de vuelta.

¿Ella?, quién sabe, podría ser cualquiera de las señoras que pasan a mi lado, aunque en mi cabeza sólo está la imagen de su rostro juvenil.

Después de cuarenta años, aún no he sido capaz de entender como consiguen estos alemanes que en sus jardines siempre haya flores, hasta en el más crudo invierno. Esto me ha hecho recordar la vez que en la Rosaleda la regalé una rosa que había cortado furtivamente, y la alocada carrera entre risas para escapar de un guarda muy quisquilloso. Tal vez guardó un pétalo entre las hojas de un libro, y alguna vez, al reabrirlo se encuentre con ella y se dibuje en su cara una sonrisa, como la que ahora tengo y me impulsa a volver sobre mis pasos y buscar un sitio donde tomarme un suave y espumoso vino blanco del Rin.

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