No ficción 2 28/01/2019

Violetas

               Que mi madre de forma inesperada me preguntase ¿tienes algo que hacer?, sabía que significaba cogemos el coche y nos vamos, tenía muy reciente la vez en que me hizo la pregunta y terminamos en Sevilla, mi padre estaba allí por razones de trabajo, en los Alcázares Reales, salió cuando le avisaron, solo pudo estar unos minutos con nosotros, entonces mi madre me dijo, dormiremos en Córdoba, me gusta. Y yo que podía, la seguí.

               Esta vez le dije que no podía ir a ningún sitio, tenía que volver necesariamente a Madrid al día siguiente. Anda, coge el coche que vamos aquí al lado, me dijo con una sonrisa.

Efectivamente, anduvimos un kilómetro más o menos, por la carretera que va desde Jarandilla hacia el Guijo. Era febrero no se me ocurre ninguna razón por la que estuviésemos en el pueblo en esas fechas, hacía frío, uno de esos días claros en los que parece no haber atmósfera, el campo estaba bonito, con una belleza simple, de roble sin hojas, de helechos verdes. Al llegar a una curva me dijo que parase cuando pudiese, me orille en la carretera, paré, bajamos, y le pregunté ¿ahora qué?. Ahora vamos a ese prado, era un prado pequeño, mínimo, pero muy verde y con un regato en uno de los laterales. Ya no existe, una remodelación de la carretera se lo llevó por delante, tal vez sea mejor así. Caminamos unos pasos, yo me quedé al borde de la pared de piedra, ella se adentró en el prado, sabía exactamente donde iba, cuando llegó se agachó y cortó unas pequeñas flores, una violetas. Se incorporó se dio la vuelta hacia mí con aspecto triunfante, cuando estuvo frente a mí y me puso las florecillas ante las narices le pregunte a qué venía aquello.

               Cuando tu padre y yo éramos novios no había muchas cosas que regalar, pero siempre estuvo atento a cuando nacían estas violetas y venía a recogerlas para mí, eso pasaba hace mucho tiempo pero no lo he olvidado, y tú tienes que recordarlo. Estas pequeñas, humildes las llamó, flores son el mejor regalo que me han hecho en mi vida. Volvamos a casa.

Por supuesto no dije ni palabra, hay veces que el silencio es la mejor forma de decir.

Hoy tanto tiempo después, ellos ya han fallecido, el prado dejó de estar, cuando veo violetas en una floristería, compro un manojo y en casa siempre tengo caramelos de violetas, supongo que como homenaje al amor que se basa en las pequeñas cosas.

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